Dejadme que os cuente una historia un tanto macabra pero cierta. Es dura, quizás queráis por ésta vez pasar de leer mi entrada. Cuando alguien muere escalando el Everest, llegado a cierto punto del recorrido llamado la Zona de la Muerte, descansa para siempre en mitad del camino.
Y es que las condiciones son tan extremas que, de media, en enero pueden alcanzarse los sesenta grados bajo cero, y en verano las máximas son de menos veinte. Ni los helicópteros ni los equipos de rescate pueden pasar por esos caminos debido a la poca densidad de oxigeno que hay en los mismos, pues una vez se llega a cierta altura, un escalador experimentado debe respirar tres veces por cada paso que da. En esas condiciones nadie puede socorrer al compañero caído, y cuando eso pasa deben tomar la determinación de abandonarlo en el camino. Todos ellos lo saben cuando emprenden el viaje, y es un riesgo, una responsabilidad, que asumen sin dudar. Pues, en realidad, es mas cruel temer a la muerte que morir.
Nadie sabe con certeza porque la nieve no entierra para siempre el recuerdo de los fallecidos, algunos dicen que se debe a las fuertes ventiscas que impiden que se acumule sobre los cadaveres, y otros que las indumentarias reflectantes de éstos atraen la suficiente luz como para impedir que desaparezcan para siempre. Pero lo cierto es que actualmente, en mitad del camino, se encuentran no menos de 200 testigos de un viaje que fracasó, y los que lo toman deben sortear a dichos desafortunados aventureros que no lo lograron, dado que no hay espacio ni fuerzas para retirarlos de su último lugar de reposo. Tanto es así que los cadaveres que se acumulan en la montaña sirven de puntos de referencia y han sido rebautizados a tal efecto. A mi me gusta pensar que, en realidad, alcanzaron la eternidad al ir tras sus sueños, y toman el lugar que les corresponde, en la montaña por la que dieron sus vidas.
Imaginad la situación en la que se encuentran los que buscan la cima, exhaustos, temerosos y devorados por el frío. Los que han subido hasta arriba relatan que llega un punto del trayecto, el peor, en el que uno empieza a encontrarse cadaveres por decenas, que le recuerdan que sentarse a descansar puede ser una decisión que resulte irreversible. Ese es su camino. Fue construido por aquellos que murieron, y los muertos lo guardan.
Entre las mas de 50 historias que están documentadas hay una que me llama la atención, Francys y Sergei Arsentiev. Éste matrimonio decidió cumplir su sueño de coronar el Everest de la mano. Lo lograron, pero durante el descenso, debido a las fuertes ventiscas, se separaron. Sergei no se percató de ello hasta que llegó al próximo campamento y, presa de la desesperación, volvió a por su esposa en mitad de la tormenta. Poco le importaba saber que se trataba de un suicidio, habían subido juntos y juntos descenderían, o juntos descansarían para siempre. Encontraron su cadaver en un precipicio, donde todavía reposa, a escasos metros de ella. Logró su propósito. El jamás la abandonó.
¿Por que os cuento esto, porque os enseño éstas imágenes? Porque un día alguien decidió que merecía la pena el riesgo. Que la vida era algo mas que sentarse a soñar. Que los sueños se podían perseguir si uno tenia la suficiente determinación. Y yo creo que no hay nada mas bonito que ser capaz de dar la vida por aquello en lo que crees. Y creo que no deben ser olvidados. Que la vida son historias, y las historias son vida. Y que lo demás, todo lo demás, son sólo excusas.
la muerte es sólo un síntoma
de que hubo vida.
https://www.youtube.com/watch?v=seTPsMowoWA&index=12&list=FLTUnpsXBSDVXO1V31oNR5tQ



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