Disfrazo momentos importantes de accidentes. Nunca imaginé una melodía que pudiese acompañar a mis letras. No hay lugar para la música en lo que escribo porque, tal vez, no hay música en aquello de lo que suelo hablar. O mejor dicho, si la hay, pero siempre me viene prestada. Por alguien que ya puso voz a todos los sentimientos mucho antes de que yo los llegase a sentir. No hace falta, pues, revestir de ritmo mis pensamientos, basta con transmitirlos.
No me siento de ninguna parte porque en ningun lugar he encontrado mi lugar. Aqui y allá he tenido esa sensación de estar invitado, de tener que irme pronto. Como cuando traes a alguien a tu casa y, de repente, las habitaciones te parecen distintas a cuando estás solo. No son las paredes, es la libertad encadenada cuando otros comparten nuestros lugares seguros y entonces dejan de serlo por un tiempo.
A menudo me siento atrapado y únicamente lo consigue mi mente. Me atrapo yo mismo, queriendo volar más alto de lo que soy capaz de saltar. Entonces veo que no alcanzo a tocar las nubes y, ante el fracaso, no sólo no salto sino que me tiro para no tropezar.
Finjo que todo va bien cuando me va mal y no soy capaz de entender que todo está bien cuando de verdad lo está. Y no es que no sea perfecto, es que directamente me visto con la imperfección. Porque las cosas distintas me abrigan más y no soy de innovar con el armario: Si me cubre, me sirve. Me da igual si la camisa cambia de color si durante los últimos siete años me ha aguantado a mi al cambiar.
No tengo ganas de olvidar y sin embargo me olvido. Y que culpa tengo yo si nunca nos enseñaron a recordar, si lo hacemos mal; recordando lo que nos duele y, con demasiada facilidad, olvidando lo que nos dijeron cuando nos dijeron que eramos mejor de lo que pensamos ser.
Y así soy yo escribiendo sobre quien soy de madrugada. Y por la mañana seré distinto, pero siempre igual. A veces caliento y otras quemo, pero aún no he aprendido a arder. Y da igual.
No hace falta fuego para provocar un incendio.