jueves, 11 de febrero de 2016

Porqué debo.

Para mí, escribir siempre ha sido una terapia de inmenso poder. Escribir sobre lo que ha pasado y lo que he dejado pasar. No puedo hablar por los demás, pero supongo que la razón por la cual yo me aferro a mis recuerdos es porque son los únicos que no cambian cuando los demás lo hacen.

Aunque debo admitir que en el conjunto de mi vida, cuando más me he acercado a las personas –o mas me han dejado acercarme- más lejos de ellas he terminado, como un muelle. Que siempre he hablado el idioma de los aeropuertos, despidiéndome de cada uno y de cada cosa sin entender si era yo o si eran ellos los que partían.

Es por eso que, aunque tardo una hora cruzando la ciudad en bicicleta, me gusta venir a éste lugar a escribir, donde chocan el mar y la tierra; el aire es fresco, las heridas cicatrizan antes, y el silencio se torna lo bastante intenso como para hacer soportables las preguntas sin respuesta y justificar los propios silencios. Supongo que estoy muy Reverte últimamente.

Y a veces, desde aquí le hablo de ti a mi corazón. De todos aquellos momentos en que el tiempo se detiene. Y no me doy cuenta de que, en realidad, le estoy contando una história que él ya se sabia desde mucho antes que yo. Y cuando le pregunto por que no me la habia contado entonces, me susurra que ciertas cosas llegan como un relámpago, y que algunas simplemente se saben sin tener la capacidad de explicarlas.

Y es que, como dijo una vez Jalil Gibran, a pesar de toda la oscuridad, en el rocío de las pequeñas cosas, el corazón encuentra su mañana y toma su frescura.

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