Nunca fui un niño de grandes referentes en el hogar. No había ningún hombre en casa a quien yo quisiera parecerme de mayor. Mis modelos paternos fueron Marcuse y Henley, Odiseo y Alexandros.
Durante años aprendí de ellos mientras los niños de mi edad intercambiaban cromos. Nunca me abrí fuera de mis paredes. Nunca supe porque los demás podían ser tan felices. No todas las familias eran como la mía, pero entonces yo no lo sabia. Al fin y al cabo yo solo había visto una toda mi vida, así que para mi eso de crecer entre gritos y miedo era lo normal.
Quien me conoce hoy sabe que soy incapaz de mantener una conversación seria más de media hora cuando estoy con los demás. Que nado en el mar del humor absurdo y me sumerjo hasta las profundidades mientras me rio de mi mismo, que me abro a los desconocidos y ellos creen que lo hago de verdad, que no me cuesta y que me encanta conectar. Y seguro que pensarán que siempre he sido así. No es cierto. Me tocó ser un hombre cuando debía ser un niño y por eso hoy quiero ser un niño cuando ya me toca ser un hombre. Pero aprendí a sonreír, como sonreían los demás. A pesar de todo. De todos. Aprendí a sonreír y con el tiempo me creí mi sonrisa.
Hubo una vez alguien en mi hogar a quien si me quise parecer. Mi abuelo repetía siempre una frase que años después supe que pertenecía a Hemingway; que la gente buena había sido siempre gente alegre. Cuando le oía, yo nunca sabía si ser bueno te hacía alegre o ser alegre te daba bondad. Pero nunca importó. A él no. Ni a mi a su lado.
Le perdí y me perdí a mi mismo y no se que pasó primero. Y hoy soy alegre y tal vez eso me de bondad, pero no creo ser bueno. No todavía. Sin embargo, hay algo que hoy puedo gritar que soy: Feliz. Quizás, me digo, eso me haga al fin ser bueno. Quizás tú me hagas ser mejor.
Y cuando pienso en ése niño perdido y en esos tiempos de incertidumbre sé donde estoy. Y entiendo que el tiempo de referentes ya pasó. Que me toca empezar a lidiar con mi sombra, que me toca llegar algún día a ser el referente de alguien más. Me percaté hace años y empecé a cambiar el modo en que necesitaba a los demás. Y entonces los demás cambiaron la forma en que me necesitaban a mi. Y entendí que lo que hay que entender es lo menos importante, y que lo más importante es entender que, en realidad, no hay porque hacerlo.
No hay un final para ésta entrada, ni una frase bonita para cerrar el telón. No ha finalizado el viaje del que os he hablado. Sigo intentando ser quien quise ser cuando me perdía en las páginas de libros que pesaban más que yo. Sigo intentando dejar de ser quien era entonces. Y mientras tanto soy ahora quien puedo ser, a medio camino del ayer y un tal vez mañana. Donde se juntan dos mares y se revuelven las sales de los hemisferios. Donde las corrientes se entrelazan pero nunca se mezclan. Donde puedes dar un paso y nadar en nuevas aguas cristalinas, con la misma facilidad con que puedes volver al sitio del que has escapado. No hay un final. Sólo un viaje, un viajero y un viajar cerca de la lejanía donde debía estar.
Y es que antes siempre solía navegar a la deriva en un barco de papel. Pero llegaste, en forma de tormenta, y levantaste las olas de mi destino removiendo sin darte cuenta mis siete mares desde sus profundidades, y yo nunca había deseado tanto naufragar. Y ahora me abrazas y tengo la sensación de que si me ahogara tú me enseñarías a respirar bajo el agua. Y en medio de ese oleaje me hallo y puedo prometerte que estoy en ti, que no quiero nada más que ir a la conquista del tesoro de tu mirada. De beber el agua dulce que es tu voz en medio de un océano de sal y nadar contigo, y nadar en ti. De ser tus Américas al final de un viaje sin brújula, y dejarme descubrir.
¿Te quedarás conmigo?
´Once I was seven years old, my momma told me,
Go make yourself some friends or you'll be lonely.

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