
El sonido de las olas impactando contra la proa del barco no solía molestarle, pero esa noche era una escusa más para perderse en sus pensamientos y no encontrar el deseado sueño. El día, por así decirlo, había sido duro. En realidad llevaba trabajando 46 horas con apenas un rato de descanso para llevarse algo de comida a la boca, pero cuanto mas tiempo pasaba sin dormir menos sentía esa necesidad, por lo que se removía entre las sabanas de la cama de su camarote sin saber bien que hacer.
Su mente le llevó a aquella tarde, hacia apenas 4 o 5 horas, cuando rescató del mar ese cuerpo, un niño tan pálido que parecía imposible que siguiera vivo. Mayor fue la sorpresa cuando el pequeño naufrago se levantó y pidió con un impasible semblante que le dijeran, por favor, la hora. No supo como reaccionar a eso, su corazón seguía latiendo desbordado por la adrenalina que había producido al haber saltado al agua para rescatar a ese indefenso ser, y de repente estaba enfrente de él hablándole como si saliera de una cafetería.
Se giró sobre si mismo y se puso los cascos del Ipod, eso solía ayudarle a dormir. Al ritmo de “I Grieve” de Peter Gabriel sus pies se movieron inconscientemente durante un rato que pudieron ser horas. Cuando el sol asomó por la ventana de su oscuro camarote tenía la sensación de no haber cerrado los ojos en toda la noche. No fue hasta que se levantó de la cama que sintió el cansancio y la necesidad de meterse otra vez en ella, pero no era posible, por delante le quedaban otras 46 exasperantes horas de trabajo en proa soportando el temporal de la zona.
Pero eso seria después de dejar a su polizón en tierra firme... A veces se arrepentía de no haber seguido los pasos de su hermano mayor en vez de hacerse cargo del viejo negocio familiar de la campaña del cangrejo. Una carrera universitaria, un horario de 6 horas y un plato caliente en la mesa cada noche. ¿Quien querría una vida así? Al menos el había salvado una vida aquella semana, su hermano solo habría firmado una montaña de papeles sentado tras la elegante mesa de su despacho.
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Ese lugar no le gustaba, el hedor a pescado era insoportable, por todos lados veía a gente demasiado destapada, demasiado borracha y, en general, demasiado insoportable. No sabia muy bien como había llegado a ese puerto de mala muerte, de hecho no estaba muy seguro de quien era, pero eso no le importaba demasiado en ese momento. Giró la cabeza y vio como aquel barco que lo había rescatado se alejaba mar adentro cuando sintió la mano del oficial de policía que le reclamaba.
-Vamos chico, encontremos a tus padres- le dijo mirándolo a los ojos. No iban a encontrar a sus padres, lo sabía… y sabía que el policía lo sabía. Lo mas seguro es que estuvieran en el fondo del mar sirviendo de alimento a distintas especies de animales acuáticos. Se sorprendió de tener esos frívolos pensamientos sin sentir el mínimo remordimiento o pena, en el fondo no le importaba demasiado… solo quería deshacerse de ese molesto oficial. Al fin y al cabo no le había pedido ayuda, ni a el ni a nadie, y desde que aquel viejo marinero le rescatara nadie le había dejado tranquilo ni un momento… Podía arreglárselas solo.
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