martes, 16 de junio de 2015

Un sendero de sueños.

Es curioso, ¿verdad?. Cómo durante el día encontramos a menudo cientos de impedimentos para lograr nuestros objetivos, y es solo cuando soñamos, que tenemos el poder de conseguir cualquier cosa que nos propongamos. Y es que es en el abrazo de nuestros sueños cuando nos liberamos de todas las cadenas con que cargamos, y quedamos solos, desnudos de máscaras, ante nosotros mismos. Y en la única compañía de nuestro ser, descubrimos que no hay nadie que nos juzgue o nos haga juzgarnos. Y únicamente en esa soledad encontramos el valor de realizar todo aquello que imaginamos. Es entonces cuando, gracias a esa extraña circunstancia, en el abrigo de nuestros sueños somos capaces de realizar cualquier proeza. 

Quizás el truco no esté en dormir e imaginar, quizás el truco sea, simplemente, hacerlo. Quizás no sea necesario estar dormido para soñar. Y, quizás, los sueños tengan solamente una función, aunque tal vez la más importante, porque nada se hace sin que antes se imagine: Mostrarnos el camino.

Sucede que, cuando despertamos, a menudo nos encontramos paralizados, mirando al infinito, sin hacer nada, totalmente inmóviles… y no nos damos cuenta de lo que pasa a nuestro alrededor. Como si en realidad al soñar viéramos todo con claridad y fuera al despertar cuando estuviéramos rodeados de una gran oscuridad. Pero a veces ocurre que, si somos afortunados, de repente vemos una luz. Y así fue para mí, sucedió que en mitad de mi oscuridad, a plena luz del día, apareció mi luz.

Pero ésta no era una más, su brillo era más intenso y cálido que las demás, pero yo no sabía a quién pertenecía su luz. Tan cercana y distante, que algunas veces me hacía reír de felicidad y otras, resguardarme en la seguridad de mis reflexiones. Porque ésta era una luz que iluminaba cada rincón, pero resultaba para mi confusa e intermitente. Y no quería intentar atrapar algo tan bello, porque un brillo así solo podía pertenecer al universo.

Y cuando no sabía para quien era esa luz, a menudo tenia la tentación de dejarla ir, sin embargo pronto entendía que no quería (o no podía) perderla y, cuando pensé que nunca podría sentir su calidez, corrí desesperadamente hacia ella, y cuando la alcancé, volví a suplicar, en un religioso silencio, que se quedara conmigo. Que iluminara a quien quisiera pero tuviera para mí una parte de su calor, en la forma que escogiese. Que fuese feliz.

Supongo que no hay nada nuevo en ésta reflexión, ya lo dijo K. Gibrán una cálida tarde de primavera; “Confiad en los sueños, porque en ellos se esconde la puerta de la eternidad”.

Pequeña luz, no me dejes.



J.F.Pedrera

No hay comentarios:

Publicar un comentario