Una vez leí en alguna parte que
amar es una pequeña palabra con un gran poder, como el filo de una navaja, que
corta tu vida por el centro, separándolo todo en dos: antes y después.
Antes y después, pero también
durante: un instante no mayor ni más largo que el filo de una navaja, pero
eterno mientras dura. Ojalá pudiera convertir éstos momentos en un perfume,
para poder embotellarlos y que nunca se desvaneciesen, así podría destapar la
botella para volver a revivirlos siempre que quisiera.
Es curioso, e incluso da un poco
de miedo, como la cosa más pequeña puede cambiarte la vida. En un instante, algo pasa por casualidad y
de repente todo ha cambiado. Porque fue en un instante, sin saber por qué, que
decidí cambiar de planes aquella noche, decidí coger la mochila y ponerme a
andar en medio de la oscuridad. Y en esa
oscuridad te encontré, y sin buscarlo, sin esperar que sucediera, llegué a
la cima contigo. ¿Y sabes una cosa? No he vuelto a bajar de ella desde entonces,
porque desde aquí arriba las vistas son preciosas y todas las palabras tienen
sentido. Y desde ese momento, cada vez que te miro, que te escucho con mi cara de idiota, hay un único pensamiento que ocupa mi mente a plena voz, tan fuerte que a veces creo que la gente a mi alrededor puede oírlo: Quédate conmigo.
Solo quiero que sepas que no hay
nada en ti que no quiera conocer, que no hay nada que puedas hacer para que me
vaya y que para mí, la única condición
es que no hay condiciones, que no cambiaría nada de ti bajo ninguna
circunstancia, y que ahora mismo lo único que me apetece averiguar es que
esconde ésa mirada tuya distinta, cautivadora. Que no tengo miedo a perderme si
es contigo, porque lo único que quiero
es perderme para siempre en ti.
Si esto no es real, dejadme
dormir eternamente. Dejadme soñar.
...porque las realidades
comienzan siempre por un sueño.

No hay comentarios:
Publicar un comentario