¿Os acordáis de aquella frase tan inocente
que decíamos cuando íbamos de excursión con el colegio? “¿Quieres
sentarte conmigo en el autocar?”. No se vosotros, pero a
mi me encantaba cuando me lo decían... y ni una sola vez dudé cuando quise
decirlo yo. De entre todos tus compañeros, alguien te
elegía a ti para compartir ese viaje, solamente porque eras tú, no hacía falta
nada más, aunque pudiera haber ido con cualquier otro. Y daba igual que fueran
40 minutos o toda la eternidad. Era fácil, era auténtico y nos daba igual todo
lo demás; ¿Sabéis porque? Porque en aquella época, no teníamos miedo
a ser nosotros mismos.
Hoy recordaba esos tiempos y me daba
cuenta de cuantas veces perdemos la fe en nosotros mismos, incluso cuando los demás aún la mantienen.
Y es que a menudo nos aferramos a nuestros recuerdos, a momentos de nuestra vida en que éramos una versión de nosotros mismos que nos gustaba más, en que sonreíamos diferente. Y a menudo, a causa de ello, perdemos la fe en nuestra capacidad para superar nuestros demonios. Y en esos momentos vivimos en el pasado tan intensamente que nos perdemos en el presente, y en nuestros desesperados intentos por mantener esos recuerdos a nuestro lado, avanzamos hacia un horizonte que retrocede a cada instante. Porque lo que buscábamos ha seguido creciendo y ya nunca más será lo que era, excepto en el recuerdo.
Pero aún así nos está permitido recordar, es necesario hacerlo. Tenemos que atesorar aquellos momentos de nuestra
vida en que tocamos la cúspide aunque luego volviéramos a bajar a lo más profundo, pero debemos
hacerlo con el corazón, honrando lo que fueron: instantes de felicidad, destinados a hacernos sonreír. Y es que existe una única manera correcta de recordar, y es ésa; con una sonrisa y nada más.
J.F.Pedrera

No hay comentarios:
Publicar un comentario