Muevo mis sueños igual que muevo mi ropa: de la silla a la cama y de la cama a la silla, según me convenga. Según la hora del día en que aparezcan. Según que sueño quiera llevar puesto ese día dejando los demás amontonados en el perfecto caos de mi habitación.
Salgo a la calle y me abrocho la chaqueta hasta arriba, me enfundo los guantes y me pongo el casco. No queda al aire de mi más que la punta de la nariz; este es el ritual de todo motorista de noviembre a abril, exceptuando alguna noche en que necesitas escapar y, de repente, el viento deja de ser frio para abrazar todas tus dudas y dispersar cada uno de tus miedos por toda la ciudad, en comodos plazos de una madrugada a ochenta kilómetros por hora. Y luego, que vuelvan, que los necesito conmigo. He dedicado gran parte de mi vida a crearlos como para dejar que desaparezcan así, sin más. Sin menos.
Aparco en esa calle que siempre veo pero que, tras 24 años de vida nunca he llegado a pisar. Llevaba días pensando en hacer un viaje a algún sitio nuevo. Éste es el único que me podía permitir ésta madrugada, porque mañana volveré a ser quien siempre fui. Pero no deja de ser un viaje a un nuevo lugar, al fin y al cabo. Lo único que cambia es el punto de partida, me digo, pues si viniese de (que se yo) Mauritania, ahora mismo estaría inmerso en la aventura de mi vida, entre calles que parece que han esperado siempre por mi. ¿No dicen siempre que no importa de donde venimos, sino a donde vamos? Estoy, pues, en el mismo destino, pero con un recorrido dispar. No es la primera vez.
Ésta noche no me apetece poner el candado a la rueda; no huele a pérdida desde donde yo estoy. No merecen la pena los 15 segundos que tardo en agacharme y encajarlo; es tiempo suficiente como para despertar de mi estado de letargo y darme cuenta que en realidad estoy en mitad de la noche, a una hora de casa, en un lugar que no tiene nada ni a nadie. Eso es lo que vería cualquiera que no tuviese nada mejor que hacer que pasear por aquí a estas horas. No es, ni de lejos, lo que veo yo.
Empiezo a andar, con el candado en el bolsillo. No pesa tanto como la culpa que de repente me invade por no haberlo dejado en su lugar, así que hoy, que no necesito lastre alguno, lo tiro al suelo y sigo mi camino sin mirar atrás, sin pensar que me desprendo de algo por lo que pagué 50 euros alguna vez. Buen precio a cambio de la aventura que estoy viviendo hoy. He pagado mucho más por mucho menos.
Poco a poco siento la liberación. Esa que te otorga no tener un punto de partida claro ni una meta definida. Esa que solo aparece a ciertas horas de la mañana, cuando el tiempo pasa a otra velocidad. Eso es lo que venía buscando dos horas atrás, cuando me vestí con ese sueño. Con el deseo de empezar.
No se donde estoy. ¿Cuanto rato llevo andando? El negro de ésta oscuridad es distinto, más cercano al despertar sin dejar de ser absolutamente nocturno. Aún no veo a tres pasos de la luz de las farolas, pero ya intuyo que pronto la vida retomará su camino y yo dejare de ser el dueño de este trozo de mundo. Y volveré a ser uno más en la gran obra de un nuevo día. Sin un papel protagonista claro. Ahora, en cambio, somos sólo esa oscuridad personal y yo. Ahora toda la vida confluye en mis pasos. Ahora soy la única historia interesante en ese lugar. Yo decido.
Que bien, me digo, estoy cerca.
Y entonces llego, a uno de esos sitios que te piden que te sientes, que te invitan a trascender. Que contemples. Aunque no estés cansado. Uno de esos sitios que parece que, a esta hora, hayan sido creados para reflexionar. Para mirar al infinito de la nada y dejar aflorar el interior. Quizás a las cinco de la tarde no sea sino un sucio rincón más de la ciudad. Pero ahora, éste es el final de mi gran aventura. Y ahora empieza aquello que me ha empujado de la cama y llevado hasta aquí.
Ahora comienzo a ver que me he ido muy lejos, para sentirme más cerca. Y el viaje de vuelta ya será parte del mundo real, del lunes por la mañana y su olor a mediocridad. Pero ahora, durante unos minutos más, estoy en mi eternidad. Y solo aquí puedo respirar. Y solo aquí no es ni domingo ni lunes, sino un instante sin bautizar. Y solo aquí me bastas tú, para ser yo.

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