En el transcurso de esos momentos lejos de ella imaginaba todo lo que podía llegar a ser a su lado. Y cuando dudaba, ella me iluminaba. Y cuando tropezaba, en lugar de caer volaba. Pues tal era su poder. Ella me hacía descubrir lo mejor de mi a través de su mirada. Y en la brevedad de una caricia, en el susurro de un te quiero yo vislumbraba todo un universo en accidentada expansión, y entendía que todo lo que quería era su perfume en el mío, sus manos buscándome, sus letras hablándome, su voz descubriéndome. Que lo único que necesitaba era Todo si mi todo era ella. Y entendía que siempre hay un amor que sin ser el primero te hace olvidar todo. Y que ese es el verdadero amor. Y que su nombre y sus apellidos coincidían con los de ella. Y en el instante que duró esa revelación, mi vida entera. Y en el tiempo restante, la suya. Y por delante un deseo de compartirla a su lado. De ser. De vivirlo todo siendo dos y siendo uno.
Y viniendo lo demás, llegó todo. Y llegará, si me deja. Y vendré, si se aleja. Y me quedaré siempre, y olvidaré los nunca.
Y terminaré los inicios, y empezaré los finales; La última vez que hago algo por primera vez, la primera vez que lo hago y solamente si es con ella.
No a su lado, junto a ella.
Y olvidar que hubo un día en que mis días se gastaban. Y averiguar que ella me quiere, que los miedos ya se acaban.
Que mi corazón la llama, y que oye su llamada.

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