Me encanta escapar a cualquier hora del día con la moto y venir a éste lugar desde el que veo toda Barcelona. La visión que tengo, de la ciudad y de mis problemas, es entonces casi perfecta. La montaña acoge mis pensamientos y los traduce a un idioma de brisas y silencios ensordecedores, y a cambio yo le ofrezco mi compañía el tiempo necesario para ambos.
Supongo que es normal éste sentimiento, los hombres de costa vivimos en las planicies así que venimos a las montañas. Aquí todo es cuesta abajo. Hasta el aluvión.
Viene a mi mente aquella etapa de mi vida, cuando veraneaba en Andorra siendo todavía un crío. En ésa época aun éramos una familia. La casa estaba al final del valle, recuerdo un año cuando hubo mucha agua, tenia 10 años. Papá sacó las palas y trabajamos toda la noche. Sentí que me desmayaba.... Pero logramos detener el agua. Salvamos la casa. Mi abuela me hizo un pastel, dijo que era un héroe. Mas tarde ese día nos enteramos que habíamos enviado toda el agua calle arriba. La casa de nuestros vecinos se inundó. Yo comía mi pastel de héroe y su hogar se ahogaba. Juro que les escuchaba llorar mientras dormía.
Pero un día las pesadillas se terminaron. Así es como funciona, simplemente desaparecieron, algo las sustituyó. Hay momentos, vivencias y personas que tienen ese poder. Ella tiene ese poder. Ella me ayudó a creer que hay bondad en éste mundo cuando yo había perdido la esperanza en las personas. Ella es mi luz. Cuando estoy a su lado desaparecen todos los miedos, se evaporan todas las dudas que me han acompañado a lo largo de mi vida. Ella me salva cada vez que me mira y no tiene ni idea de que lo hace.
Ella es mi mundo. Ojalá algún día lo sepa de verdad. Ojalá algún día yo sea el suyo.

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