Henos aquí, sin saber si seguir picoteando en esa especie de carroña que llamamos comedia.
Y mientras sucede, nos empeñamos una vez mas en asegurarnos de la felicidad y la dicha de otros. En que sepan que les queremos. Y olvidamos que nosotros también necesitamos ser queridos. También respiramos de las muestras de afecto de los demás, y también nos ahogamos, exhaustos, tras nadar interminablemente en un océano de indiferencia. Porque el bote en el que navegábamos naufragó, incapaz de mantenerse a flote impulsado por la única e insuficiente fuerza de nuestros propios remos. Y recordamos aquellas horas en que nos prometimos no volver a olvidar esa necesidad, aquellas horas de dudas certeras en medio de instantes donde perdimos tantos sueños.
Los sueños que nos robaron todas las noches de insomnio.
Y regresan esas horas y volvemos a pensar en como rechazarlas, mientras ellas sueñan con el día en que volverán a ser libres. Y en esas noches despiertos la oscuridad a nuestro alrededor se vuelve luz, o nuestros ojos se adaptan a sus sombras. Y los espectros no nos asustan cuando los vemos venir. Cuando los antiguos temores se materializan ante nuestros ojos y los podemos abrazar. Hay un nuevo antiguo abismo. Y un viejo fantasma pide que le dejen descansar.
Es entonces, y no antes, cuando tú, escritor que creas éste universo en forma de lineas, coges de nuevo el papel. Cuando escribes y te das cuenta de que, quizás, en todo el tablero que forma ésta nueva partida de ajedrez ya no tintas nada. Pero escribir sobre ello es tu deber, y no debes permitir que lo que Es enturbie lo que querrías que fuera. Que la realidad no os joda la narrativa. Que las dudas no frenen vuestros pasos. Me lo dijo una vez alguien a quien quise querer: Hazlo, y si te da miedo, hazlo con miedo.
Y tras la tormenta, la paz.
A todas las noches de insomnio siguen mañanas de descanso. Momentos en que dormimos sólo porque ya no deberíamos hacerlo, porque la luz baña todos los rincones de la estancia y ya no hay monstruos en las sombras que nos mantengan despiertos, ni dentro ni fuera de nuestro corazón. Y es que no es extraño que los monstruos se escondan debajo de la cama. Somos aterradores.
Y en esos instantes de paz, mientras el mundo se desvanece al ritmo en que tus párpados se cierran y tu mente calla, solo deseas, a veces, no ser nada para nadie; nadie para todos.
"No maté más que el tiempo, no robé más que recuerdos. No dejé más que huellas."

No hay comentarios:
Publicar un comentario