domingo, 3 de julio de 2016

Pequeñas respuestas.


Ésta historia va sobre el momento en que empecé a escribir. Tenía 6 años, lo recuerdo con meridiana claridad; 6 años y muchos demonios internos. Mi madre me dio un cuaderno para registrar lo que antes me guardaba: un cuaderno de anotar la vida. Toma, desahógate escribiendo me dijo. Así lo hice entonces y así lo hago ahora en éstas paginas. ¿Que otra cosa puedo hacer? Me sobra tiempo. Me sobra el futuro completo.

Yo antes solía refugiarme en mil historias, por eso siempre me ha gustado tener los libros en propiedad. Es una especie de sentido del compañerismo con objetos sin vida que me han dado más que muchas personas con alma. Hacía tiempo que no les preguntaba en busca de respuestas, pero ésta semana he vuelto a esa vieja costumbre y, lejos de rechazarme, me han abierto los ojos con mil secretos de la vida que nadie sabe que sabe. Lo único que puedo decir es que lo necesitaba.

Estoy terriblemente asustado. Y no puedo escapar de ese miedo; es como la luz que atrae a los mosquitos de forma instintiva, llevándolos a la muerte. Es desear tocar el fuego sabiendo que te vas a quemar. Es lo último que quiero, y si; estoy terriblemente asustado, porque no tengo ningún control sobre ello. Su calor me atrae, me quemé, ardí y sé que volveré a arder otra vez, pero demonios… Ardería mil veces en éste fuego. No quiero volver a pasar por las brasas, pero deseo tocar el fuego… y aferrarme a él.

Madurar es eso. Es, en realidad, como hablar en público; al principio a todos nos cuesta, pero a base de no darle la menor importancia a los primeros cien momentos bochornosos, acabas desenvolviendote como si hubieras nacido para ello. Y cuando mejor lo haces, menos cuenta se da la gente de que se te da bien. Así es madurar.

Y a veces no te queda más remedio que ser fuerte... o hacer creer a los demás que lo eres. Hay cosas que tienes que superar solo, o nunca desaparecerán. Llega la hora y mientras te acercas empieza la función. Y pones la mejor sonrisa de tu repertorio, porque da igual si te acechan mil demonios; o los apartas por unas horas, o te comen. Es duro, pero realista. Lo he dicho ya otras veces; Creo que si miráramos siempre al cielo, acabaríamos por tener alas.

Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas respuestas.



¨Canciones saliendo del sombrero, 
cogiendo olas sin parar. 
Arañamos el cielo, 
quemamos las vías, 

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