jueves, 11 de agosto de 2016

Perséidas

Al principio sopese sólo escribir. Sólo bromear. Sólo hablar. Sólo mostrar lo que cualquiera puede ver. Pero luego me percaté que soy la suma de muchos solos. Demasiados destellos para una única bóveda celeste. La primera estrella fugaz surca mi firmamento. 

Como en todo es lento el empezar, pero cuando tímidamente cae la primera, ya nada las detiene. El firmamento entero cae sobre nosotros y nos regala sus lágrimas para que ahoguemos las nuestras por un instante, cansado de ver a los hombres llorar. Me tumbo en la nada contemplando su todo, sin música, sin cuaderno, sin historia. Me tumbo para contemplar la lluvia de los Dioses; las gotas de fuego cayendo del universo. El cosmos en llamas una noche más. No hay tantas así, y por eso es aún mas maravilloso. No suele acercarse a nosotros de ésta forma, el Cosmos. No suele llorar cuando podemos verlo. Solo ésta noche bajan los Dioses a abrazar a los hombres, haciendo lo que haríamos nosotros en su lugar. Y lloran por lo que cada uno esconde en su corazón, y llueve en el mundo fuego por agua, porque hoy todo vale, y quema en el alma lo que antes sanaba. Cuando en esta ciudad haya parado de llover, ¿quien abrazará a las nubes ardientes? 

Son lágrimas de fuego y huyen de mis ojos. Me alejé hacia la nada en mitad de la noche para encontrarlas, como solía hacer antes. O para perderme yo. No lo se, no necesito saberlo. No ha importado, no puedo escapar de mi mismo; No hay ningún sitio donde esconderse. Cae la llama en mitad de la noche y todos los imposibles parecen reales. No todas las cosas que queremos leer nacieron para ser escritas.







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