Os hablo de ello porque constantemente he caído en el mismo error: Nos esforzamos en dejar nuestra huella en éste mundo y nos olvidamos de que, en realidad, nosotros somos la huella. Uno siente la historia y espera poder estar a la altura. Poder dejar un legado en forma de heroícidad que transfiera a su recuerdo la condición de inmortal. Queremos significar algo para todos, o significarlo todo para alguien, y no nos importa lo que por el camino podamos perder.
Y, en realidad, nadie sabe cuantos Ulises se han quedado por el camino ni cuantos Bethoveen compusieron solo para si mismos, llevandose consigo su magia al irse sin avisar. Nadie sabe cuanta gente importante ha desaparecido, como si realmente nunca hubiese llegado a existir, únicamente porque no queda nadie para cantar las maravillas que realizó. Y al pensarlo comprendo que, de hecho, no importa cuanta gente se haga eco de tus acciones, sino de cuantas acciones harán eco en la gente que las pueda contemplar. Porque lo único que nos hace realmente importantes es lo que podemos hacer hoy por quienes queremos y quiero creer que puedo ser la mejor versión de mi mismo, para merecer estar donde me haces llegar.
Y resulta que me siento a escribir como suelo hacer y me da por anotar algo que una vez oí en algun lugar: Que la única diferencia entre un palo y una varita mágica son las manos de un niño. Y mientras repaso las letras de ésa ultima frase a fin de revestirla de solemnidad, comprendo que el arte de mantenerse imperfecto es también un don difícil de dominar. Y que después de todo preferiría no perderlo, porque me apenaría mucho deshacerme de aquello que me otorga personalidad, aunque me despoje de la perfección.
Y te escribo, sin saber si algún día te lo dejaré leer, y te digo que me muero de ganas de ser las tuyas. Y me pregunto como reaccionarias si realmente supieras cuanto me gustan tus ojos cuando me miras. Y me prometo pedirte una vez mas que te quedes conmigo, porque los deseos, en contra de lo que solemos creer, se piden a la cara, no a las estrellas. Y dejamos a las estrellas ser testigos cómplices de todas las noches que no podemos perder siendo quienes queremos ser, aunque sea lejos.
Hay quienes prefieren obviar lo importantes que son las cosas sin importancia y no recuerdan que florecer exige pasar por todas las estaciones. Pero yo, que hoy pienso en ello, me hago eco de una frase que como tantas otras no me pertenece, pero que mi ansia por leer arrebató a su autor hace tiempo entre las hojas de alguna maravilla que nadie ha empezado todavía a recordar: Que quien da no debe acordarse, pero quien recibe nunca debe olvidar.
Cruza conmigo los pasos de cebra de las calles que nos vieron pasear y da un salto más. Llega más lejos. No pises la lava. No dejes de verla. Deja que arda en nuestra imaginación la inocencia de los que solo necesitan sonreír para ser felices y recordemos juntos como solíamos jugar a éste juego cuando éramos niños, cuando no sabíamos que algun día iba a significar mucho más. Y es lo que tienen las casualidades: que a veces significan mas cosas.
Ahí está el puente, para no cruzarlo. No importa cuantos carteles nos impidan pasar, las vistas siempre son mas bonitas cuando empezamos a confiar.
When you're tired but you feel awake
You're burning with every step you take

No hay comentarios:
Publicar un comentario