lunes, 21 de noviembre de 2016

Papá.

Él nunca conoció esa clase de amor. Nunca supo lo que significaba tener un héroe real. O mejor dicho, lo supo pero aprendió a olvidar. Padre e hijo se veían muy de vez en cuando, no por elección de ninguno de los dos, sino porque eran las cartas con las que ahora les tocaba jugar. Jugar La Partida. Era, no obstante, una de esas relaciones en las que, cuando te falta alguien, se te cae el mundo; y cuando está necesitas huir. Poner ese mismo mundo entre los dos. 

Había tantas cosas que ambos callaban a gritos. Tantos reproches. Tantas decepciones que no querían sacar a la luz. Había tanto silencio disfrazado de conversaciones intrascendentes. Muy tipico de nosotros -pensaba cada vez que estaba junto a él- nunca hablamos de lo que no hablamos.

No era el padre perfecto, se decía ahora cada vez que volvía a verle, pero él estaba muy lejos de merecer uno. Juntos habían roto demasiadas promesas, pero también habían superado pruebas que habrían destrozado a demasiados. Cuando volvían a unirse eran lo suficientemente fuertes como para poder estar, a la postre, separados. Por un muro. Por una máscara. Por un querer fingir que no había nada por perdonar, para así poder perdonarse. 

Y es que el remordimiento, el odio que había albergado de pequeño encerrado en ese cuarto, alimentaba demasiados demonios a los que ya no quería dar el poder de destruirle. Recordaba constantemente aquello que aprendió a base de llantos reprimidos cuando nadie podía escuchar lo que él necesitaba decir: Cuanto mas pequeño es el corazón, mas odio alberga. Y no hay corazón que pueda crecer alimentado por el dolor.

...y resulta que cuando era demasiado pequeño para aprender a crecer a través de ese dolor, odió cada día los dados que alguien había lanzado por él, el azar que había decidido otorgarle esa penitencia a un niño sin elección. La herencia recibida. No tuvo que pasar mucho tiempo para comprender que, si bien no podía hacer nada por cambiar la mano que le había tocado, si podía crear la que en el futuro iba a entregar; Su propio legado. Quien quería ser, mas allá de quien había sido cuando no pudo elegir.

Y no es, en realidad, que no quisiese verle más. Sino que a su lado era uno de esos hijos que casi nunca lograba deshacerse de esa sensación de que el pasado se había convertido en un armario cerrado a la fuerza. Como cuando amontonamos demasiados objetos de cualquier manera y ajustamos poco a poco las puertas con la esperanza de que, al abrirlas, no caiga todo de golpe. Los abrigos, las corbatas, las equivocaciones

Algún dia, se dijo, encontraría la forma. Algún día se despertaría y comprendería que, después de todo, cada una de esas madrugadas tuvo un porque. Hay una verdad inmutable oculta en cada despertar: para bien o para mal, un padre vale por cien maestros. Y aún queda una lección más por aprender. Mira a través de las mismas noches, con la distancia de demasiados años, y sentado a millones de kilómetros de quien ese niño fue decide que, al menos por hoy, no pierde la fe. 




You can feel like a part of something

No hay comentarios:

Publicar un comentario