miércoles, 14 de diciembre de 2016

Ocho minutos luz.

Un día despertaremos y nos daremos cuenta de que el futuro ya sucedió. Se asomarán los fantasmas de las navidades pasadas al borde de nuestras tumbas para explicarles a aquellos que aún nos aguardaban que, en realidad, el tiempo no nos mató, nos acompañó hasta la muerte.

Y recordamos cuando ese mismo tiempo se medía en estaciones. Cuando el calor era sinónimo de libertad y la primavera olía a tardes de estudio. Los recuerdos los grabábamos en la retina y los días duraban hasta que nos íbamos a dormir.

E invocaremos esos días en que las excusas las inventábamos para dárselas a nuestros padres, y no a nosotros mismos. Oíamos venir las tormentas desde detrás de las ventanas y pensamos que, tal vez, mojarse no era tan mala idea si luego teníamos donde volver.

Los golpes nos tumbaban pero jamás nos derrotaron y las heridas fueron testigo de nuestra magnitud. Todos los rasguños de la infancia desaparecieron cuando llegaron las heridas del alma y, de repente, la única venda que curaba era la gratitud. Y sólo entonces miramos a nuestros fantasmas a los ojos y les dijimos que no tenían donde esconderse de nosotros, que aquello que nos protegía de ellos (o tal vez de nosotros mismos) no era coraza, sino callo.

Queríamos menos de aquellas cosas que robaban miradas y mas de las que sacudían el espíritu. Y, por las noches, nos sentábamos a escuchar la luz de las estrellas, inventando formas en el firmamento donde siglos antes alguien vio un hogar para los titanes.

Y, un día, alguien nos dijo que el sol estaba a ocho minutos luz de distancia y comprendimos que no había motivo para esperar otro amanecer si, en realidad, siempre habíamos sentido el calor en diferido. Que los despertares solo contaban en nuestros calendarios y que los rayos de luz únicamente iluminaban aquello que no se dejaba reflejar, mientras arrancábamos sin cansarnos las hojas de los meses que íbamos dejando atrás, sin saber bien hacia donde nos estábamos dirigiendo. Queriendo creer que sabíamos donde queríamos ir.

Y de repente, uno tras otro, todos encontramos un hogar en el que permanecer. Y comprendimos que no era importante de donde veníamos, de quien éramos o como pudimos crecer. Nos dijeron que tomáramos decisiones buenas sin preguntarnos si eran las correctas y, por ello o tal vez a pesar de, crecimos. Más allá de lo que algún día pudimos imaginar. Y por crecer hicimos que todos nuestros antiguos miedos le fueran pequeños al nuevo tamaño de nuestras almas. Dijimos No a la plenitud a cambio de abrazar la luz de un pasado que, sin embargo, revivía nuestros horizontes. 

Y ocho minutos fueron los que tardamos en decidir; Aunque lo habíamos olvidado cuando tuvimos que empezar. Al fin y sin dejar pasar un solo día más, dejadnos prometer:

Hoy seremos quien siempre quisimos ser.



This is for the ones who stand
For the ones who try again
For the ones who need a hand
For the ones who think they can.


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