lunes, 27 de febrero de 2017

Un día, una vida.

DESPERTAR

No se si a todo el mundo le pasará. Empiezo a caer, y solo entonces comprendo lo alto que había llegado. Supongo que si, que es algo inherente al ser humano. Acostumbrarse a lo bueno, huir de lo adverso.

No se si es un instante o toda una vida, pero mientras caigo no veo el final. No llego nunca a estamparme contra el suelo, sino que cuanto mas cerca parece que estoy más bruscamente me despierto. Pero, amarrado a mi cama, sigo rodeado por la misma oscuridad, y el mismo vértigo oprime mi estomago mientras trato de recuperar el aliento que el sueño me ha arrebatado. 

Puede que sea un buen momento para decirlo: Sueño con poder soñar. Con escapar de la misma pesadilla, que me espera cada noche y me encuentra oculta en cada uno de mis latidos. Sueño con entender porque llevo meses (o tal vez solo ha sido ésta noche, nunca estoy seguro) atrapado en la misma caída. Perdido en el mismo abismo.

Pero algo, tal vez el propio miedo a lo que pueda encontrar, me impide huir de ello. Quizás entender lo que me preocupa me obligue a enfrentarlo. Y mientras huya, no puedo perder. Pero cuando tenga que luchar contra el enemigo, puede que no sea lo suficientemente fuerte para vencer. Tal vez pierda, y con ello, tal vez me pierda a mi mismo.

Y con la misma duda de cada mañana, empieza un nuevo día.


VIVIR

Nunca estoy del todo seguro de cuando empieza realmente a escapar, el tiempo. No se cuando se pone en marcha el contador, y los segundos que deberían formar minutos huyen de mi vida para siempre. Creo que debería preocuparme mas (perderlos) ya que, hasta que se demuestre lo contrario, nunca podré recuperarlos. Pero, la verdad, suelo tener la sensación de que me sobran, de que, en resumidas cuentas, están bien ahí donde van. Que no hace falta que me esperen. Que encontraré el camino por mi mismo. En definitiva, que no me pertenecen.

El ser humano necesita un plan para funcionar. Si no tenemos una meta, difícilmente encontraremos la dirección a seguir. No todo el que deambula está perdido, pero todo el que se pierde estaba deambulando, la experiencia me ha enseñado que suele ser así. Y la experiencia es el único maestro que, hasta el día de hoy, jamás me ha fallado. 

Vivir será eso, escapar del principio y acercarse al fin. La forma mas rápida de morir. Gastar los cartuchos y esperar que el objetivo fuera el adecuado o que, al menos, apuntáramos en la dirección correcta. Aunque nunca lleguemos a ser certeros, y el centro de la diana escape del ojo de nuestra mirilla una vez tras otra.

Constantemente me pregunto cuantas veces he fallado por ineficacia, y cuantos disparos he errado a propósito. Porque seamos sinceros, ¿A donde apuntan los que abaten a su objetivo con el primer disparo? Se sentarán a esperar, supongo, a que los demás lleguen con su caza. Es una forma demasiado segura de vivir. Y lo seguro, también me lo enseñó la experiencia, suele ser aburrido.

Siempre tengo la sensación de que la emoción está en eso, en la caza, y que cuando conquisto mi objetivo éste deja de tener valor. Y aplico el mismo criterio para cada ámbito de mi vida. Vivir. Vivir es eso. O tal vez no. 

Algunas veces pienso que solo sabemos que estamos viviendo cuando nos encuentra el hambre, y el resto del tiempo nos olvidamos de existir.


COMER

Hay dos clases de personas en el mundo, las que comen como tramite, y las que podrían estar todo el día comiendo. Yo soy de las segundas, nunca me sacio. Nunca encuentro algo que me permita conformarme. Siempre necesito mas. Un atracón de realidad siempre es preferible a los tentempiés de mentiras a los que nos acostumbra la vida, pero ese capítulo ya ha pasado, así que poco o nada puedo añadir sobre ella. Hablo ahora de comer, de encontrar el combustible para seguir adelante.

Tengo una relación complicada con los alimentos, con todos ellos. Los entiendo como un medio, pero los busco como un fin. Engullo las relaciones personales buscando en ellas el sustento que yo mismo no puedo darme. Y está mas que comprobado que esa forma de querer no es válida. Una de las frases más gastadas por el ser humano, y a pesar de ello más sinceras, es que nunca podremos querer bien a los demás, si no nos queremos a nosotros mismos.

Y, para querer, tenemos que aceptar. No se que añadir al menú cuando, al menos en mi caso, esa parte todavía es un sueño.


SOÑAR

Raras veces, o ninguna, coinciden mis sueños con mis noches. Normalmente necesito estar consciente para escapar de la realidad. Dice mucho de mi forma de ser tener que controlarlo todo, incluso los sueños, para permitirme soñar.

El punto determinante del día, es éste. La meta sobre la que antes hablé. Y podría escribir sobre ella durante más paginas de las que nadie querría leer. Pero algo fundamental de los sueños, es que son etéreos, y son eternos. Y precisamente por poseer esas dos características es imposible hablar de ellos. O, mejor dicho, nada de lo que digamos sobre nuestros sueños les hará justicia. Será, en el mejor de los casos, como intentar atrapar la brisa que el mar nos trajo aquella noche de verano en una botella de cristal, para poder recuperarla cuando perdidos en una madrugada, meses después, el invierno se vuelva demasiado largo, o demasiado frío, para obligarnos a anhelar. Como si fuera la brisa, y no el momento, lo que deseábamos mantener a nuestro lado para siempre.

Y se me antoja como una gran ironía, esa realidad. Porque se da el hecho de que las lineas mas bonitas que he escrito en mi vida son las que han hablado de mis sueños. Y, aun así, siempre las he considerado mentiras, un intento aberrante de mostrar algo que no puedo hacer entender a los demás. Me he dado cuenta de que, cuanto más desnudas están mis letras, mas verdad llevan consigo. Soñar es lo contrario a vivir, o tal vez solo vivamos en los sueños, y el resto del tiempo, cuando despertamos, estemos dormidos.


DORMIR

Para mi, el final del día siempre es un alivio, aunque suelo tener la sensación de que las últimas horas duran mucho más que todo el tiempo que ha pasado desde que desperté. Dormir es escapar. Restar un día al calendario.

Aunque suene contradictorio, también suelen escapar de mi casi sin percatarme, las horas. Existe una frontera entre el fin del día y el limbo de la madrugada, cuando ya ni es hoy, ni mañana. Un espacio temporal en el que el propio tiempo queda suspendido y de repente todo funciona mejor, todas las palabras salen solas, y me permito (o tal vez sea mejor decir que no puedo evitar) ser sincero. Así que siempre me aprovecho de ese limbo para escribir, para enfrentarme al monstruo al que, por la mañana, temeré mirar a los ojos. Normalmente consigo dejarlo suficientemente herido para poder mantenerlo en lo mas profundo de su guarida un día mas; para tener tiempo a curar mis propias heridas. 

Encuentro en las pocas horas en que consigo dormir una segunda oportunidad. Un reset permitido. La única forma de escapar y a la vez acercarme, sin hacer trampas. Y me encuentran dispuesto, cuando por fin me rindo a ellas, para dejarme engullir en el abrigo de la noche, que nunca coincide con el momento en el que el sol se esconde, sino que siempre ha pertenecido para mi al instante en que decido que hoy ya no tengo que luchar mas. 

He tardado poco menos de una hora en escribir sobre todo un día, pero supongo que, como he utilizado el tiempo del limbo, no cuenta. ¿Cuanto se tarda en escribir una historia? No conozco la respuesta, porque nunca he sido capaz de terminar ninguna. Da igual donde ponga el punto y final, llega la noche, y con ella un nuevo día que siempre será el mismo, y precisamente por ello siempre será distinto. Una historia no tiene fin hasta que un día, de repente, acaba. Y de esa noche nunca despertaremos, por lo que jamás podremos dedicarle un final.

No hay comentarios:

Publicar un comentario