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| © Xavi Pedrera |
Y al levantar la vista y ver el mundo que ahora me rodea entiendo que no pasa nada si ya no pertenezco al sitio del que vine una vez, el punto en el que empecé a andar y que por ello se supone que debo considerar mi hogar. Y encuentro mi hogar en cada momento en que me siento en paz con todos los demonios que solía llevar en los bolsillos, que aun no logro dejar atrás, a pesar de los kilómetros que me separan de las noches en las que me aterraba su oscuridad.
Y me pregunto si sabré que he alcanzado mi meta cuando la vea o si por el contrario no me percataré de que ese era el lugar en el que debía parar, y pase de largo condenándome con ello a una vida de deambulación.
La cabeza y el corazón. Son el mapa que me guía y el sendero que me pierde y lo son al mismo tiempo. Y por ese motivo se que estoy andando aún cuando me paro a respirar, a observar el camino recorrido y a descubrir como, poco a poco, se va formando a mi alrededor una vida que nunca pensé que me pertenecería pero que abraza cada aspecto de mi, aun cuando yo mismo jamás he sido capaz de abrazarme al completo.
Y que sean las piedras del camino las que nos susurren en cada bifurcación desvelándonos lo que ya sabíamos, que si queremos llegar a lugares sin dueño tendremos que andar por senderos que nadie haya conseguido trazar en ningún mapa antes, para poder llamar de una vez a un lugar nuestro lugar, conquistándolo únicamente con el recuerdo de haber estado en él. Y lo mismo sucede con aquellos viajes que no se hacen con los pies, sino con el corazón.
El secreto es no odiar a nadie, y no amar a cualquiera.
No me puedo dormir
no me he sabido encontrar
llevo esperándote aqui

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