miércoles, 10 de mayo de 2017

Los hijos del Mediterráneo.

El olor de la sal cubrió nuestros rostros y entendimos el idioma de la brisa del mar, y ese susurro en nuestros oídos fue la primera canción que recordamos escuchar. Seguimos sus costas al navegar, y sus costas nos acompañaron cuando tuvimos que partir.

Esperé mucho tiempo antes de decidirme a hablar sobre ello, y aún hoy me arrepiento. Con los años aprendí que escribir cuando la tinta está seca no tiene mérito alguno.

Intento convencerme de que la manera en que las olas acariciaban sus orillas forma parte de una de esas cosas que ayer eché de menos, y hoy de más; De que no necesito volver a ese inmenso azul que era el único lugar hogar suficientemente profundo para enterrar en él todas las cosas que no cabían en ningun otro lugar.

Y de que no quiero perderme de nuevo en sus corrientes, que puedo olvidar lo lejos que llegaban nuestros miedos cuando los dejábamos partir, y que en el vértigo de ese pequeño océano perdí el miedo a las alturas. De que, aún hoy, para verlo solo necesito cerrar los ojos.

Quien nos da, nos quita. Y Thalassa nos enseña que la misma agua que enmarca nuestras ciudades y abraza nuestras fronteras, que refresca los mejores días de nuestras vidas, engulle aquellas de los que escapan para ser libres. Ese mar que nos recuerda que no hay un lugar donde huir de aquello a lo que debemos enfrentarnos.

Intento convencerme de que no pertenezco a ese mar. De que no huimos si escapamos y existe otra paz. Pero bebimos sus aguas. Y en sus mareas navegamos. 


When I look into the face 
of my enemy

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