viernes, 19 de mayo de 2017

Primera parte: Inmortal.

El primer enero.

En el principio de los tiempos, cuando el tiempo todavía no existía, Dios creó los cielos y la tierra. Y la tierra carecía de orden y estaba vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo, y Dios se movía sobre las superficies de las aguas. Entonces, dijo el creador: Sea la luz. Y hubo Luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz día, y a las tinieblas las llamó noche. Y fue la tarde y fue la mañana: un día.

En el principio de los tiempos, cuando el tiempo todavía no existía, dividió Dios en siete días su creación, y no fue hasta el último de los días, en que trajo al hombre. Y el hombre, al menos al principio, fue bueno.

Pero el corazón del hombre también carecía de orden, y las tinieblas cubrían su superficie. Y sus aguas eran intransigentes. Y la luz de la mañana a menudo se confundía con la oscuridad del ocaso. Al principio, cuando el tiempo todavía no existía, las tinieblas encontraron su lugar, ocultas, en los rincones mas profundos del corazón de los hombres. Y pacientes se escondieron durante mas que siete días, y la creación culminó, sin dejar jamás de seguir creando. Y las tinieblas aguardaron y el hombre, durante mas de siete días, las portó hacia la luz.

Y las tinieblas acecharon pacientemente, durante siete y setenta veces siete creaciones, pues sabían que su momento no se hallaba en ningún principio, sino en el único final.

Y es precisamente en el final de todas las historias, donde ésta historia empieza.


Febrero de creación.

Probablemente Ace era la única persona en el mundo cuyo color favorito era el gris. O, al menos, la única persona de su mundo conocido. La mayoría de las personas con las que se encontraba adoraban los colores de la luz: los amarillos, azules o rojos. Los verdes esperanza o los naranjas sol. Algún tipo raro incluso aseguraba apreciar el marrón. En los casos más extremos, había quien, directamente, se decantaba por el blanco, como si no pudiese decidir por ninguno de los colores de la tabla cromática y tuviese que quedarse con todos. Y algún ser sombrío, siempre por algún motivo ajeno al propio color, era amante de la oscuridad absoluta del negro carbón, y del abrazo que las penumbras ofrecían a su personalidad. Pero nadie, y cuando pensaba en nadie se refería a absolutamente nadie más que él, elegía el gris como su color favorito.

Y no era una forma de hablar. De pequeño, Ace pintaba como los demás niños una representación de si mismo formada por un puñado de rayas y redondas, y el color con el que cubría siempre sus ropajes, era el gris. El color con el que escribía su nombre en las portadas de todas aquellas libretas de su infancia: el gris. Incluso su cepillo de dientes era gris, y os podéis imaginar el esfuerzo que supuso encontrar un cepillo de dientes de ese extraño (y no por ello poco cotidiano) color.

En definitiva, Ace, de toda la vida, amaba el gris. Pero se da la extraña paradoja de que lo único realmente gris en su vida, era su percepción del color, pues absolutamente nada en Ace era gris. Aunque, como les suele suceder a todos los niños cuando el mundo es demasiado grande o demasiado incomprensible para encontrar su lugar en él, Ace nunca llegó a tomar conciencia de ello.

El verdadero nombre de Ace era Alejandro. Y Alejandro era, a su parecer un nombre muy bonito. Tanto, que merecía la pena disfrazarlo. Su alma (pues no es sino el alma lo que nombramos, cuando otorgamos un nombre) se llamaba así porque su padre, desde que tuvo uso de razón, apreció la figura de Alejandro Magno tanto como Ace apreciaba el gris. Y Ace, en Macedonio, era el diminutivo que se daba a tan imperial nomenclatura, aunque eso, claro está, poca gente lo sabía. A pesar de ello o quizás por ese mismo motivo Ace se llamaba Ace, pues si bien no había tenido voz ni voto cuando le tuvieron que bautizar, si la tuvo, efectivamente, el resto de su existencia.

Hay otra razón por la que Ace se llamaba Alejandro. Pocos nombres existen que sean a la vez uno y tantos. Puedes ser Sasha, Olek, Alex, Sandor, Jandro o Ace. Y, a pesar de ello, te seguirás llamando Alejandro. Aunque solo tu lo sepas. Aunque todo el mundo sepa que no te llamas así.

Y aunque hay quien defiende que el nombre que pones a una criatura tiene un gran peso en su personalidad, sus padres no lo pensaban así. Al principio, un bebé, es luz. Al nacer no hay mancha o arruga que de forma a esa luz. El niño, cuando llega a la tierra del todo que forma la nada, es un lienzo en blanco. Y ningún artista conocido ni reconocido ha puesto jamas nombre a una obra sin empezar. El nombre va al final, cuando las sombras que forman las pinceladas de la oscuridad dan vida, efectivamente, al cuadro que el artista va a exponer. Cuando el martillo ha expulsado del bloque impoluto el mármol que ocultaba al Miguel Angel de David. Cuando las sombras acarician las esquinas y otorgan el alma, en forma de relieve tridimensional, a todas las cosas que llamamos Arte, sin saber todavía definir lo que el arte es, y entonces dejan de ser cosas.

Ya conocéis el nombre y el color favorito de Ace. Sin embargo, hay todavía algo importante que debéis saber antes de decidir si merece la pena seguir con ésta historia y, en caso de que determinéis que no, dejar que la historia continue, sola, hasta el final. Y como hemos dicho anteriormente, el final es precisamente el inicio de ésta historia, pues ésta historia ha sobrevivido a cada final.

Porque Ace no era un niño normal. Ace era, es y será, inmortal.


Aparece y se llama marzo.

Cualquiera podría pensar que un ser inmortal se caracterizaría, de entre todas sus virtudes o defectos, por la paciencia, al tener todo el tiempo del mundo para cualquier empresa que quisiera realizar. Sin embargo, seguro que nadie puede imaginar a un niño con ese bonito don. Y Ace era inmortal desde que nació, pero también un niño. Y un niño inmortal hace frente a una curiosa maldición, pues si la infancia es ya de por si breve en cualquier ser que alguna vez haya llegado a respirar, para alguien sin final se presenta, aún mas acentuadamente, toda una existencia de madurez, a cambio de un breve instante de inocencia. Como el fugaz resplandor de una cerilla, pero sin que su llama llegue a apagarse jamas.

Desde que nacemos empezamos a morir, pues no existe nada que se permita ser encontrado mas de una vez, para dejar de ser novedad. Llega un momento en que todas las cosas son descubiertas. Y entonces, y solo entonces, nos permitimos crecer. Por suerte para nosotros el mundo es lo suficientemente grande como para dedicar toda una vida a descubrir y, aun así, nunca dejar de sorprendernos. Cuan aterradora debe ser, entonces, la idea de que llegado el momento, nada ni nadie consiga hacernos preguntar. Pues no ha habido en toda la existencia motor ni combustible mas poderoso que el ansia por descubrir, por conocer. Ese maravilloso don al que llamamos Curiosidad.

¿Alguna vez os habéis enfrentado a un libro tan bonito que habéis deseado que no terminara jamas? Ahora imaginad que, efectivamente, ese libro jamás terminase. Al final acabaríamos aborreciendo su historia y por tanto desechándola a un olvido casi obligado. Los momentos mas bonitos de nuestras vidas han sido especiales porque fueron eso, momentos. Nos acompañaron el tiempo preciso y luego nos permitieron continuar, regalándonos al partir su recuerdo. Y en el recuerdo todo se mantiene, por siempre, como la primera vez.

Seguro que unos párrafos atrás pensasteis que la inmortalidad de Ace era un bonito don. Tal vez incluso tentador. Quizás las últimas lineas os hayan hecho, como mínimo, reconsiderar esa afirmación. Y todo ello en tan solo cinco minutos de vuestra ya de por si efímera existencia. Es posible que hayáis localizado un mensaje en el inicio de ésta historia: Ni todo es maravilloso, ni debemos perdernos en las tinieblas de la desesperación. Ni blanco, ni negro. Gris.


Abril no siempre fue igual.

Las palabras son importantes. No por lo que son, sino por lo que significan. Hace un rato dijimos que un nombre no determina lo que alguien, o algo, será. Y precisamente por eso el ser humano es el único ente que se empeña en auto-nombrarse o nombrar a sus semejantes, antes de conocerlos. Aunque no lo hagamos con nada más. Aunque, con el resto de retazos que forman la existencia utilicemos incluso dos nombres; el científico, y el real.

Por ello es importante detenerse en una cuestión fundamental: Inmortal no es lo mismo que eterno.

Los humanos solo nos permitimos otorgar la eternidad a Dios, sea cual sea el nombre que le pongamos. Lo eterno es aquello que ha existido siempre, que no tiene ni principio, ni final. Que no nos plantea la cuestión desde cuando, sino donde, o porque. Que, precisamente por ello, nos empuja a creer.

Ace no era eterno, no siempre estuvo, aunque estuviera para siempre. Como el resto de seres de la existencia, una vez, empezó. Ace nació. Y esa sutil diferencia, aunque a tenor pudiera parecer banal, lo cambiaría todo. Porque ese detalle, su forma de llegar, era lo único que Ace tenia en común con el resto de las personas y cosas. Ese pellizco de normalidad se convirtió, a menudo, en el bote salvavidas de alguien a quien nadie podía arrebatar la vida, y precisamente por ello nadie seria capaz, por si mismo, de mantenerla a flote.

Y la inmortalidad no siempre fue igual. No todos los días fueron de dudas ni todas las noches necesitó los sueños para escapar. A veces, muchas veces, se permitía sonreír. O no podía escapar de su sonrisa. Ace no era un ser gris, nunca se dejó vencer, aunque muchas veces fuese derrotado.

Y, sin embargo, Ace era esclavo de la mortalidad, precisamente por ser el único capaz de huir de ella.

Cualquiera de nosotros sabe que al final, siempre hay un final. El hecho de pertenecer al tiempo, de no poder escapar de él, nos ofrece una salida que, para muchos, también es un comienzo: La muerte. Ace nunca transitó esa senda, pues desde que nació llevó en el tobillo una cadena que lo enganchó, irremediablemente, a la vida. Se mirase por donde se mirase, Ace no podía huir, no tenia donde ir. Era el único ser, en toda la existencia, atrapado en el para siempre.

Cuando Ace tomó conciencia de ello, fue cuando realmente empezó a vivir. Y cuando realmente ésta historia merece empezar a ser contada. Nos situamos en su decimoprimer cumpleaños, y mientras sopla las velas, Ace sonríe al pensar en la pobre persona que, algún día, dentro de mucho tiempo, tendrá que colocar cinco mil de ellas a algún bizcocho de tres chocolates, para que él, en un instante, las apague de un soplido. Así de efímeras son las llamas. Así de breve es el fuego que calienta los momentos que, sin embargo, están destinados a arder para siempre en el recuerdo de aquellas cosas que solo vimos que fueron importantes, cuando dejaron de suceder.


Todavía mayo, pero ya verano en nuestros corazones.

-Pide un deseo.
Nunca quiero perderte.

Un cumpleaños siempre es, con diferencia, el evento más especial para un niño. Con permiso, tal vez, de la noche de Navidad. Y cuantos mas años cumplimos, menos importante parece ser hacerlo. O mejor dicho, más importante es y, por ello mismo, menos ilusión nos hace. Llega un punto en el que dejamos de tener prisa por crecer, y empezamos a arrepentirnos de haber crecido con prisas. Cuando estamos al inicio de la carrera nos morimos por avanzar, y cuando avanzamos, nos morimos.

Todos estos esquemas, claro está, se rompían con Ace.

Ningún niño piensa en la posibilidad de perder a sus padres. Si hay algo seguro o inamovible en sus vidas, son ellos. Cada criatura en la faz de la tierra necesita alguien en quien reflejarse, que le haga sentirse protegido, que le salve de cualquier mal. Ace no dejó de pensar en ello desde que supo que era inmortal.

Cumplió once años cuando todo cambió. Recuerda el momento exacto en que los acontecimientos se precipitaron. Soplaba sus velas, y deseaba estar para siempre junto a sus padres, cuando el dolor apareció.
¿Dolor? Sé lo que os preguntareis; ¿Acaso puede enfermar alguien inmortal?. Replanteemos la pregunta: ¿Muere a causa de la enfermedad cada persona que alguna vez cae enferma? No, por ende, si, Ace podía enfermar. Y enfermó. Pero la enfermedad nunca definió a Ace, porque Ace era inmortal.

Escapamos constantemente y no es sino de nuestra sombra de lo que huimos. Buscamos esa sensación. Aquella persona que tiene el poder de llenarnos cada vez que sonríe. Sin comprender, todavía, que eso dice mucho mas sobre su risa, que sobre nuestro vacío.

Intentamos descansar, correr hacia esa zona segura. El último lugar al que llamamos, en silencio, hogar. Y quizás un hogar sean dos brazos en los que siempre nos sentimos a salvo.

Y si, sin motivo aparente, dejamos de creer en ello es porque ya no recordamos lo que era querer a alguien, ya hemos olvidado que el físico no tiene nada que ver. Que se trata de sensaciones, de hacernos temblar sin estar, de conseguir que sonriamos aunque no podamos verle.

Dos verdades:

Hay quienes buscan la invisibilidad, mientras otros huyen de la transparencia.

...y hay sentimientos que no entienden de grises. No odiamos un poquito, ni queremos a veces. Ninguno de nosotros está parcialmente intacto.

Y precisamente por ello, Ace llegó a la conclusión de que allí residía el secreto de vivir, aunque fuese para siempre: Es único porque sucedió una sola vez. No se pueden coleccionar sensaciones.


Junio de esperanza.

A veces, ya no tenemos una canción para todo. A todo el mundo le llega un momento en el que su vida se enmudece. En el que, de repente, ya no hay banda sonora. Las cosas suceden sin mas, y nosotros nos dedicamos a contemplarlas. Ni queremos, ni podemos adornar el momento con una melodía que le aporte intensidad. Un secreto: A veces, no hace falta.

No importa lo que suela suceder. No importan los a veces. ¿Cuantos momentos que se supone que debían ser fáciles se nos han atragantado, y en cambio cuantos malos tragos nos ayudaron a coger aire, y respirar? La verdad, por motivos evidentes Ace no solía regirse por los convenios sociales cuando se trataba de vivir. Le gustaba ser así, a pesar de todo, porque pasase lo que pasase era capaz de sonreír...

...y su capacidad de sonreír era lo único de lo que siempre estuvo orgulloso.

Supongo que se debe a que el éxito consiste en obtener lo que se desea, pero la felicidad en disfrutar lo que se obtiene. Nos empeñamos en encontrar la felicidad, ¿Pero nos dedicamos a cuidarla? ¿Acaso no vivimos en una carrera constante contra algo, o alguien, que nunca se deja atrapar porque nunca fue real mas allá de nuestros deseos? ¿Acaso no es el ahora el único instante en el que somos dueños de nuestro destino y podemos abrazar nuestras esperanzas? ¿No es hoy, en éste instante, todo el mundo inmortal? ¿No es hoy el único día en el que vivimos, y todos los ayeres recuerdos que se desvanecieron, y todos los mañanas anhelos que solo tal vez acabaran por llegar?

No hay un reflejo detrás de cada cristal, porque no todo lo que queremos ver contiene luz. Hoy lo sabemos, somos destello y creamos oscuridad. Y mientras existamos, olvidemos todo lo demás.


Hold me now, 
I need to feel you Show me how, 
to make it new again 
There's no one I can run to 
And nothing I could ever do 
I'm nowhere, if I'm here.

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