A lo largo de la historia vamos superando límites y estableciendo nuevas fronteras. El océano, la tierra, la luna, el sistema solar, la estrella más cercana, la galaxia... Nos imponemos fronteras porque las necesitamos, nos hace falta un límite al que aferrarnos para no quedarnos solos ante el infinito. Porque nos asusta la inmensidad de lo que hay más allá, y la única forma de enfrentarnos a ello es empequeñecer lo que conocemos, hasta que podamos engrandecernos a nosotros mismos y estar a su altura.
Las fronteras siempre nos han parecido inalcanzables, nos limitan hasta que algun dia alguien las traspasa. Lo que para muchos es la seguridad para unos pocos significa el reto de superarlas. Y cuando están al otro lado, quizás exhaustos o tal vez hambrientos de curiosidad, imponen nuevas fronteras; limites más allá de los cuales todo es nuevo, desconocido, líneas que dejamos para que algún día alguien las supere.
Pero no todas las fronteras son de las que nos permiten soñar con el más allá. Algunas nos las imponemos nosotros mismos no para tratar de superarlas, sino para atrapar en ellas miedos de todo tipo: a un sentimiento pasado o a uno nuevo que podrían florecer, a un reto que nos ha definido tanto tiempo que tememos que, al superarlo, perdamos nuestra identidad. A recuperar terreno perdido o a explorar el que tenemos enfrente. La mayoría de las veces tememos la añoranza, la idea de lo que fue algo más que aquello en sí mismo, la nostalgia. Esos muros nos encadenan y nos convierten en esclavos de nuestros propios miedos, y son estas las primeras fronteras que hay que destrozar, porque hasta que no seamos capaces de asomarnos a ellas y traspasarlas, nunca volveremos a avanzar. Pero si lo hacemos, todas las demás caerán y seremos libres.

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