En tiempos antiguos, cuando el mundo
aún era joven, se erguía en un valle olvidado un castillo grande como los
corazones de los que lo habitaban.
Vivía en el castillo, desde el
comienzo, un dragón bondadoso. Cuentan los que lo vieron que su piel era dura
como el acero y sus patas más largas que una noche de invierno. Así debía ser,
pues siempre había quienes intentaban robar sus posesiones, armados con espadas
y asustando al dragón, que corría a esconderse en su habitación. No obstante
los asaltantes, al ver semejante criatura huyan gritando con pavor, más pronto
regresaban, pues el dinero y el amor trae a los hombres al derredor.
Y es que el dragón era tan rico que
tenía hasta su propio panadero, pues beber y comer, son cosas que hay que
hacer. Se debía su riqueza a su gran pasión, encender chimeneas con su fuego
abrasador. Y aunque a veces se cansaba de llevar a cabo su labor, pensaba el
dragón: quien de joven no trabaja, de
viejo duerme en paja.
Durante años las cosas fueron así, el
dragón calentaba los hogares cercanos, y asustaba a los visitantes
malintencionados (aunque la mayoría de las veces, más se asustaba él).
Al poco tiempo las cosas cambiaron.
Una noche oscura como la boca de un lobo llegó al castillo un señor anciano que
portaba una criatura entre sus ropas. Pidió al dragón que la cuidara, pues él
era viejo y pronto iba a morir, y ante la tristeza del dragón, le dijo el viejo
algo que se quedó en su corazón: lo
importante no es vivir mucho, sino vivir más… Y tenía razón.
Pasaban las estaciones y crecía la
niña con gran rapidez para el dragón, ¡Él tardó quinientos años en salir del
cascarón!
Era una niña de inmenso corazón, y a
todos cuidaba con dedicación. A un aldeano un día enamoró, y decidido el
castillo asaltó. Pillando al dragón desprevenido, entro a su cuarto sin hacer
ruido, y cuando seguro estaba de poder acertar, le cortó el pescuezo sin dudar.
A todos dijo que era un ser malvado, y
que a la niña había secuestrado. Pronto le nombraron rey del lugar, y el
castillo y su princesa pudo tomar. Pero la niña no olvidaba, y juró que algún
día su vida apagaría. Mas la venganza nunca es buena, mata el alma y la
envenena. La niña se marchitó, y la infelicidad a ambos encontró.
El
joven mató al dragón, y la niña su corazón. Olvidó una enseñanza que le hizo el
reptil en su infancia: como la noche al
día, sigue el pesar a la alegría. Si a tu dragón han matado, y con su
asesino te han casado, camina
hacia adelante, sin echar la vista atrás. No es necesario que veas el camino
completo, pero si das tu primer paso, el resto irá apareciendo a medida que
camines, ese es el secreto.
Esto
es verdad y no miento, y como me lo contaron lo cuento.
Xavi
F. Pedrera

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