domingo, 11 de mayo de 2014

Muerte del dragón bondadoso


En tiempos antiguos, cuando el mundo aún era joven, se erguía en un valle olvidado un castillo grande como los corazones de los que lo habitaban.

Vivía en el castillo, desde el comienzo, un dragón bondadoso. Cuentan los que lo vieron que su piel era dura como el acero y sus patas más largas que una noche de invierno. Así debía ser, pues siempre había quienes intentaban robar sus posesiones, armados con espadas y asustando al dragón, que corría a esconderse en su habitación. No obstante los asaltantes, al ver semejante criatura huyan gritando con pavor, más pronto regresaban, pues el dinero y el amor trae a los hombres al derredor.

Y es que el dragón era tan rico que tenía hasta su propio panadero, pues beber y comer, son cosas que hay que hacer. Se debía su riqueza a su gran pasión, encender chimeneas con su fuego abrasador. Y aunque a veces se cansaba de llevar a cabo su labor, pensaba el dragón: quien de joven no trabaja, de viejo duerme en paja.

Durante años las cosas fueron así, el dragón calentaba los hogares cercanos, y asustaba a los visitantes malintencionados (aunque la mayoría de las veces, más se asustaba él).

Al poco tiempo las cosas cambiaron. Una noche oscura como la boca de un lobo llegó al castillo un señor anciano que portaba una criatura entre sus ropas. Pidió al dragón que la cuidara, pues él era viejo y pronto iba a morir, y ante la tristeza del dragón, le dijo el viejo algo que se quedó en su corazón: lo importante no es vivir mucho, sino vivir más… Y tenía razón.

Pasaban las estaciones y crecía la niña con gran rapidez para el dragón, ¡Él tardó quinientos años en salir del cascarón! 

Era una niña de inmenso corazón, y a todos cuidaba con dedicación. A un aldeano un día enamoró, y decidido el castillo asaltó. Pillando al dragón desprevenido, entro a su cuarto sin hacer ruido, y cuando seguro estaba de poder acertar, le cortó el pescuezo sin dudar.

A todos dijo que era un ser malvado, y que a la niña había secuestrado. Pronto le nombraron rey del lugar, y el castillo y su princesa pudo tomar. Pero la niña no olvidaba, y juró que algún día su vida apagaría. Mas la venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena. La niña se marchitó, y la infelicidad a ambos encontró. 

El joven mató al dragón, y la niña su corazón. Olvidó una enseñanza que le hizo el reptil en su infancia: como la noche al día, sigue el pesar a la alegría. Si a tu dragón han matado, y con su asesino te han casado, camina hacia adelante, sin echar la vista atrás. No es necesario que veas el camino completo, pero si das tu primer paso, el resto irá apareciendo a medida que camines, ese es el secreto. 

Esto es verdad y no miento, y como me lo contaron lo cuento.



Xavi F. Pedrera

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