jueves, 9 de octubre de 2014
La injusticia del ser.
Hoy he tenido que redactar un recurso de apelación contra un auto de prisión provisional a mi cliente, un pobre hombre que había cometido una apropiación indebida sobre un móvil cuyo valor no excedía de 300 euros. A todas luces y como cualquier estudiante de derecho de primero sabe, este acto no constituye sino una mera falta. Pues bien, el fiscal ha solicitado prisión provisional para mi mandante, y lo que es más aberrante, el juez se la ha concedido. Cabe descartar que LECrim en mano, uno de los preceptos más básicos, es que en ningún caso caben medidas cautelares de prisión para un delito o falta cuya condena no exceda de dos años, y aun en el supuesto de que mi cliente hubiera cometido un robo (lo cual no se ha dado en ningún caso, tal como el damnificado ha corroborado en su declaración) tampoco procedería prisión provisional por ser está una medida de extrema aplicación en supuestos muy especiales, entre los cuales no entra apropiarse de un objeto de menos de 400 euros sin mediar violencia. Mientras esto ha sucedido, la infanta Helena es defendida por el fiscal del estado y ni ella ni Blesa pisan la cárcel. A mi mandante lo han despachado sin miramientos por ser un muerto de hambre, pero mi recurso de apelación prosperará por ser dicha medida una flagrante vulneración del derecho. Si bien días como estos me abren más los ojos al hecho de que la justicia cada vez es menos igual para todos, también me reafirman en mi vocación de defender a la gente y no a las empresas, me recuerdan porque estudie derecho y porque estoy trabajando a cambio de una miseria. Porque desgraciadamente, en España no todo el mundo tiene voz, no todo el mundo tiene acceso a la (in)justicia y no todo el mundo es igual ante la ley. Y se duerme mejor en una almohada de deberes cumplidos que en un colchón de billetes.
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