Mi pequeño amigo,
Daniel, nació enfermo, víctima de los errores de sus padres contagiado por el
VIH y abandonado al ser dado a luz. Pero lejos de sentir jamás un atisbo de
rencor, me repetía una y otra vez en las largas y a la vez efímeras tardes que
pasé con él, que había tenido la suerte de vivir rodeado de gente que
le había querido sin pedirle nada a cambio. Y es que ese es el poder
que todos y cada uno de nosotros tenemos, la fuerza con la que nacemos y que
siempre menospreciamos; lo que hacemos por nosotros mismos muere con
nosotros, lo que hacemos por los demás y por el mundo permanece y es inmortal.
Cuando comprendí ésto di gracias a Dios por haberme permitido formar parte de
la vida de Daniel, y haber tenido la suerte de que compartiera su luz conmigo y
pudiera, por poco que fuera, aliviar su dolor cuando él aliviaba el mío.
El punto de ésta
historia en concreto reside en el hecho de que, en realidad, como Daniel, todos
sabemos que vamos a morir, pero nadie elige aprovechar sus días y hacer con su
vida algo que merezca la pena ser recordado. Y es que el futuro siempre
está a un dia de distancia y nosotros no somos conscientes de que, de hecho, el
mañana era hoy. Cuanto cambiaría el mundo si, como mi pequeño amigo, que
se fue con más valentía de la que yo viviré jamás, todos fuéramos
capaces de aceptar que nuestro paso por la tierra es temporal y que lo
que hacemos importa tanto como para ganar un asiento en la eternidad.
Porque muchas veces
actuamos un día y creemos que hemos cambiado algo, pero dejamos que la vida
continúe pasando inexorable y olvidamos que no basta con levantar al
débil, hay que sostenerlo después. Porque sucede que, cuando actúas de
ésta forma, recibes mucho más de lo que das, y no hay nada que pueda contigo
porque ya no hay nadie contra ti. Recordad que al final del día, cada hombre será el héroe de su propia historia, así que depende de nosotros hacer que merezca la pena ser contada.
Cuando Daniel murió
fueron a su entierro casi doscientas personas. Doscientas almas tocadas por la
luz de un niño que nació sólo y con una condena de muerte pero que vivió
doscientas vidas en una. Un niño que sabía que iba a morir, y por eso
mismo eligió vivir.
Siempre te recuerdo
cuando me toco la nariz, Daniel. Seguro que aún sonríes cuando lo ves desde
allí arriba.
J.F.Pedrera
“Uno de los
secretos profundos de la vida es que lo único que merece la pena hacer es lo
que hacemos por los demás.” – Lewis Carroll

No hay comentarios:
Publicar un comentario