lunes, 29 de junio de 2015

El secreto de la felicidad.

Una vez conocí a un niño que sabía que iba a morir. Una forma dura de empezar una historia, ¿No?

Mi pequeño amigo, Daniel, nació enfermo, víctima de los errores de sus padres contagiado por el VIH y abandonado al ser dado a luz. Pero lejos de sentir jamás un atisbo de rencor, me repetía una y otra vez en las largas y a la vez efímeras tardes que pasé con él, que había tenido la suerte de vivir rodeado de gente que le había querido sin pedirle nada a cambio. Y es que ese es el poder que todos y cada uno de nosotros tenemos, la fuerza con la que nacemos y que siempre menospreciamos; lo que hacemos por nosotros mismos muere con nosotros, lo que hacemos por los demás y por el mundo permanece y es inmortal. Cuando comprendí ésto di gracias a Dios por haberme permitido formar parte de la vida de Daniel, y haber tenido la suerte de que compartiera su luz conmigo y pudiera, por poco que fuera, aliviar su dolor cuando él aliviaba el mío.

El punto de ésta historia en concreto reside en el hecho de que, en realidad, como Daniel, todos sabemos que vamos a morir, pero nadie elige aprovechar sus días y hacer con su vida algo que merezca la pena ser recordado. Y es que el futuro siempre está a un dia de distancia y nosotros no somos conscientes de que, de hecho, el mañana era hoy. Cuanto cambiaría el mundo si, como mi pequeño amigo, que se fue con más valentía de la que yo viviré jamás, todos fuéramos capaces de aceptar que nuestro paso por la tierra es temporal y que lo que hacemos importa tanto como para ganar un asiento en la eternidad.

Porque muchas veces actuamos un día y creemos que hemos cambiado algo, pero dejamos que la vida continúe pasando inexorable y olvidamos que no basta con levantar al débil, hay que sostenerlo después. Porque sucede que, cuando actúas de ésta forma, recibes mucho más de lo que das, y no hay nada que pueda contigo porque ya no hay nadie contra ti. Recordad que al final del día, cada hombre será el héroe de su propia historia, así que depende de nosotros hacer que merezca la pena ser contada.

Cuando Daniel murió fueron a su entierro casi doscientas personas. Doscientas almas tocadas por la luz de un niño que nació sólo y con una condena de muerte pero que vivió doscientas vidas en una. Un niño que sabía que iba a morir, y por eso mismo eligió vivir.

Siempre te recuerdo cuando me toco la nariz, Daniel. Seguro que aún sonríes cuando lo ves desde allí arriba.

J.F.Pedrera


Uno de los secretos profundos de la vida es que lo único que merece la pena hacer es lo que hacemos por los demás.” – Lewis Carroll              

                

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