
No se puede decir que haya tenido mala suerte en el amor. Como concepto, se me ha dado bien, pero en la práctica he coleccionado fracasos amorosos desde que empecé a afeitarme.
Y es que nunca he sido la clase de tío que ha triunfado en el plazo de una noche. He salido con más chicas de las que querría admitir en periodos de 2 semanas a 4 años pasando por, las más de las veces, un par de meses de fugaz amor eterno. No obstante, sin excepción, siempre he sido yo el que ha tenido que currárselo. Siempre he necesitado desnudar mi alma, mostrar mi mejor abanico de virtudes y maquillar levemente mis defectos para conseguir el corazón de la persona idealizada. Siempre he sido yo quien ha llevado los remos de la canoa. Siempre he dado más de lo que he recibido. Y nunca ha sido suficiente.
Estoy cansado. De luchar siempre contra molinos de viento con fecha de caducidad. Si esa es la imagen que doy a quien tengo al frente, prefiero permanecer solo a volver a tener que empezar el ritual. Se que suena a cobarde, fácil y desleal; pero por una vez en la vida, que alguien luche por mi. Porque yo no voy a volver a buscar eso en nadie más.
Porque en contraposición, la opción de quedarme sólo viendo como esperan a que vuelva a desplegar todo lo que tengo para conseguir algo de afecto me parece una bendición. Y es que algunos infinitos duran mucho más que otros. Y algunas soledades abrigan más que el abrazo de la relación más idílica, si solo existe porque tu has escrito cada página.
Prefiero claudicar de mi idea del amor verdadero, a mis estúpidos ideales del Para Siempre y al concepto ya irreal para mi del destino. Prefiero seguir atrayendo a esa clase de chicas que no se gustan a si mismas, porque las que valen la pena, me miran pero jamás me ven. Seguramente se deba a que, al final del cuento, tampoco yo aporto algo mejor a lo que anhelo. Quizás sea justo atraer a mi lado a quien no se gusta, cuando la mayoría de las veces yo mismo tampoco me soporto. Quizás sea la forma que tiene la naturaleza de proteger a la gente que no necesita la aprobación de nadie para ser feliz, de los que vivimos intentando interpretar una obra de teatro que nos viene grande y nos llega tarde.
O, quizás, no sea nada de eso, sino todo lo contrario. Al final soy ese tren que dejaron pasar pensando que volvería andando.
En la radio suena Look After You de The Fray y me doy cuenta de que algunas personas somos trenes sólo de ida.
J.F.Pedrera
Volviste al blog y me alegro!! Qué gusto leerte de nuevo!!!!!
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