Siempre he sabido lo que me va a matar, mis ganas de probarlo todo. Mi miedo a dejar algo sin hacer por miedo. Con 18 años me tiré en paracaídas por un solo motivo: temía que mi vértigo clínico me robara esa experiencia. No lo hizo. Jamás olvidaré los 5 minutos previos a saltar, ni los 20 segundos posteriores, yo, que me bloqueo si trepo una pared, nunca he sentido la vida tan intensamente como en ese momento. Jamás lo repetiría, pero jamás habría dejado de hacerlo si pudiera volver atrás.
Desde los 14 años he ido en moto a tantos sitios tan distintos que, a mis 24, he olvidado la mitad de ellos. He conducido por carreteras que en España serian ilegales. He dormido en estaciones de servicio y he viajado con 40 euros en el bolsillo durante dos semanas. Si no me han atracado nunca es porque no tenían nada que llevarse (lo mismo sucede, me digo a mi mismo, con el arrepentimiento), y es que ya se sabe que no te asaltan hasta que no sales de casa con dinero, por aquello de la ley de Murphy, cuya aplicación y vigencia (os lo dice un abogado) es universal.
Me fui de casa demasiado pronto y demasiado pobre. Intenté demostrarme que no necesitaba a nadie para poder saber vivir. Hoy se que me equivoqué, sabe Dios que si, pues no es difícil llorar en soledad, pero es casi imposible reír solo. Aún así también se que soy quien soy gracias a mis eternos momentos junto a mi soledad, a mis noches de dudas y mis mañanas de valor. A repetirme cada amanecer el mismo mantra: Mientras esté vivo, nada puede matarme.
A día de hoy sé que mi estupidez no conoce aún sus límites. Una vez hice una triatlón, o lo intenté, sin haber entrenado para ello más allá de mis 20 minutos diarios para correr, ese podría ser perfectamente el resumen de mi vida; "Corrió una maratón sin estar preparado". Creo que me desmayé pero la verdad es que no lo recuerdo, ese día se ha borrado de mi mente. Pero por supuesto, nadie podía decirme que no era capaz de hacerlo, aunque no lo era. Ese día aprendí una lección que me ha acompañado siempre desde entonces: El orgullo humano sabe inventar los nombres más serios para ocultar su propia ignorancia, y es capaz de empujarte hasta más allá de tus límites con tal de hacerlo.
El orgullo, mi defecto más profundo.
Mi mejor amigo.
¿Pero, acaso no tenia razón Grillpazer cuando dijo una vez aquello que a la postre lo hizo inmortal? "Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo."
Así somos nosotros. Los que solo tenemos miedo al miedo. Tu y yo. Testigos del atardecer, atrapados en el abismo de nuestro propio Paso de las Termópilas, abrazamos como nuestras aquellas últimas palabras del Rey Leónidas el Espartano, ante Efialtes de Tesalia, una vez consumada su traición, a sabiendas de que, en una sociedad tan gloriosa y apegada al recuerdo de la épica como la griega, no había peor maldición posible:
"Efialtes, ojalá vivas eternamente."
Y es que no se trata de vivir para siempre sino de morir con gloria. Porque todo hombre descubre en sus últimos suspiros que lo importante no es cuantos días vivas sino cuanta vida le pongas a tus días.
O eso dicen, tarde o temprano todos lo averiguaremos.
Que en ese momento no nos invada el arrepentimiento. Que nuestras tumbas sean la penúltima estación de quien estuvo poco no porque muriese pronto, sino porque la vida se le hizo pequeña. Que todo hombre o mujer que pase por el recuerdo de éste lugar que ha sido nuestra existencia, sea testigo del único legado de una alma libre, como un día lo fue de una nación:
"Ve a decirle a los espartanos,
extranjero que pasas por aquí,
que, obedientes a sus leyes,
aquí yacemos."

No hay comentarios:
Publicar un comentario