Llegar a tiempo no siempre equivale a llegar en hora o según los planes. A veces, llegamos a tiempo cuando perdemos el autobús, cambiamos los planes en el último segundo o improvisamos cuando todo estaba preparado.
A veces llegamos a tiempo cuando llevamos meses deseándolo o cuando hemos estado tres semanas intentando vernos. A veces cuando, tras una larga caminata, al fin encontramos el destino, pero olvidamos cuanto tiempo ha durado el viaje. Cuantos meses de silencios y cuantos momentos de revelaciones sin filtros hemos recorrido. Porque sabemos que después de ésta meta vamos a continuar andando compartiendo unas vistas que ahora se alzan imponentes ante nosotros. Y, aún así, las conquistamos.
En ocasiones, nosotros mismos hacemos los nudos de las cuerdas que nos sujetan. Y nos quejamos, y nos lamentamos pero no hacemos nada por cambiarlo. Y no es complicado, se puede. Se pueden deshacer los nudos, poco a poco quizás y con paciencia, tirando despacio de cada extremo, luchando para no romperlo... O de repente, sin pensarlo. Cogiendo las tijeras y cortando.
Con los años he ido aprendiendo que un chiste es el mejor escudo, que nadie tiene su momento, que no hay un tiempo por venir al que confiar las cosas y que todo lo que no se hace, se pierde para siempre.
Tengo perfectamente localizado el momento en el que cambió mi vida. Ella era arte y yo me pasaría una vida contemplándola. Nunca más, me dije, iba a dudar a su lado.

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