Había una vez un chico, de unos catorce o quince años. Soñó que tenía de nuevo ante sí todas las posibilidades, que sabía identificar la oportunidad, que era capaz de darse cuenta de lo que tenía ante sí y no lo dejaba escapar. Pero los sueños no dan más de sí, y fuera de ellos no existen las máquinas del tiempo para reciclar todos estos meses hasta volver al punto donde pudo agarrar su destino y no lo hizo. Así es la vida, cosida a base de trenes desperdiciados y estaciones vacías. Así que él se decidió a recuperar el control de la suya.
El mismo chico, dieciocho años y una nueva madurez por delante. Esta vez ante sí no hay sueños inalcanzables o deseos irreprochables. Esta vez sólo queda él y una cita, a la postre su favorita, de William Shakespeare: "Existe una marea en los asuntos de los hombres, que, tomada en pleamar, conduce a la fortuna; pero si la evitas, el viaje de la vida estará lleno de escollos y desgracias. En esa pleamar flotamos ahora, y debemos aprovechar la corriente cuando es favorable o perderemos nuestro cargamento."
Otra vez Él, pero ahora con veinticuatro años. Su vida habla mucho en inglés últimamente. Y no es casualidad que el inglés necesite un verbo tan revelador para referirse a enamorarse: To fall. Porque uno no decide hacerlo, no asciende hasta el lugar donde espera el amor. En el amor se cae de forma irremediable y lo único que podemos hacer mientras tanto es disfrutar de la caída libre y rezar para que en algún momento se abra el paracaídas para sobrevivir a la bajada. Así es el amor; irreflexivo, sorpresivo, indescriptible e indomable. Por eso es el sentimiento más real de cuantos experimenta el hombre en el plazo de una vida. Porque a pesar de escapar totalmente a nuestro control, deseamos caer en él eternamente y no llegar jamás a ver el final del precipicio. Erase una vez Ella, érase una vez un susurro en el oído que se convirtió en huracán en el corazón.
Lleva diez años siendo el mismo y absolutamente distinto. Lleva diez años a dos ruedas y un corazón. Lleva diez años de Tesoros en Delfos y búsquedas incesantes de su propio Yo. En diez años, ha dejado atrás al niño dependiente de una familia que no comprende y ha abrazado al hombre de quien una familia incomprensiblemente depende. Ha aprendido un oficio que no es el de litigar sino el de pensar. Ha comprendido que lo más importante del viaje que se juró emprender hace diez años no ha sido llegar sino el viaje en si. Ha cumplido su promesa consigo mismo y, ahora, debe hacerse una nueva para los próximos diez. Toca rehacer el camino. Toca empezar una vez más pero de nuevo en un nuevo fin.
El lograr nuestros propósitos depende de la buena fortuna; pero el aspirar es obra exclusiva de nuestros corazones. Enhorabuena, chico, por los diez últimos años. Ánimo con los próximos diez. Una vez más, serán decisivos.

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