domingo, 6 de marzo de 2016

Verdad.

Os voy a contar un secreto que todos sabéis: Mi vida es un caos. Un montón de piezas que cualquiera diría que jamás van a encajar. De verdad que las hay, un montón de piezas, de distintos colores y formas, y cada una tiene un dibujo propio, único e irrepetible. A veces pierdo alguna, pero si me esfuerzo lo suficiente, la recupero. Otras veces soy tan afortunado que descubro alguna pieza nueva debajo del sofá o entre los cojines...

Lo malo de esas piezas es que, como ya he dicho, raramente encajan. Demasiado esfuerzo para no saber como ordenar toda una vida. Algunas veces es necesario el silencio pero a la hora de elegir que piezas se quedan y cuales se van me fijo en su dibujo, en cada línea, y pienso que jamás veré otra igual. Así que nunca me desprendo de ellas, siempre encuentro algún cajón donde guardar aquellas que de repente se han quedado sin sitio encima de la mesa.

Ese es el inconveniente de los puzzles, los vas haciendo y de repente encuentras cuatro piezas seguidas que encajan, pero luego puedes estar horas pensando que colocar en ese hueco vacío. Cómo en mi vida, hay momentos en que se que pasos dar con una claridad meridiana, y de repente me encuentro en mitad de una nada que no salía en el mapa y en la que me pierdo durante años. Pero si no te rindes empiezas a comprender el resultado final, y te das cuenta de que, con la suficiente perspectiva, es un cuadro que podrías llegar a colgar en tu salón.

Pero, ¿Sabéis lo bonito de los puzzles? Que no todas las personas están destinadas a ser un punto más en el lienzo, que muy pocas veces en la vida algunas personas señaladas tienen de su lado la fortuna y son tocadas por la luz. Y entonces encuentran a alguien que de repente da sentido a todo el dibujo. Que dibuja con un nuevo color sobre todos los borrones de una vida que no colaboraba en dejarse construir. Y crea con tus peores materiales una obra de arte que jamás querrías dejar de observar. Algunas personas tienen ese poder, trascienden a todas las piezas y se convierten en el lugar donde podrías colocarlas para que, de repente, todo tuviera sentido. Algunas personas son, de hecho, allí donde querrías construir todo lo que tiene que venir y guardar todo lo que te ha visto llegar.

Lo que intento decir es que tú, y nadie más, serias el marco perfecto donde encajar mis piezas. El lugar donde construiría una vida que nunca dejaría de observar.

Y es que unas cuantas veces en mi vida he experimentado momentos de una claridad meridiana. En los que durante unos breves segundos, el silencio ahoga el ruido y puedo sentir en lugar de pensar. Y en esos momentos todo parece muy definido y el mundo de repente es claro y fresco como si todo acabara de nacer. Y últimamente esos momentos solo llegan cuando te veo venir hacia mi.

Y por eso sonrío incrédulo cuando dudas. Y en esos momentos quiero decirte muchas cosas y creo que nunca te digo lo que realmente necesitas oír. Cosas como que no te quiero en mi vida, sino que ahora lo eres. Cosas como...

Que me enfrentaré al tiempo todos los días, buscaré un momento irrepetible en cada acto cotidiano, esperaré pacientemente una sonrisa que nazca de nuestros recuerdos, acabaré con los problemas que podamos combatir y enterraré aquellos que nacieron para ser insalvables, recorreré caminos insospechados para llegar antes a tu lado, descubriré todos los secretos del mundo y te los contaré poco a poco, atesorando cada momento en el que tus ojos, curiosos, se fijen en mis estúpidas historias. Hablaré cuando todos callen y me quedaré en silencio cuando necesites que el mundo se detenga. Saltaré muros, inventaré excusas, lucharé con las sombras y, al final del día, seguiré a tu lado.

Lo único que te pido a cambio es que seas el lugar donde mis piezas vuelvan a brillar. Ese que yo, al fin, pueda llamar hogar. Porque te necesito y no me importa que lo sepas: Solo tú puedes conseguir que yo quiera colgar ese puzzle en mi pared. Solo tú puedes hacerme volar. 

¿Verdad? 




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