Siempre he pensado que morir joven es sinónimo de vivir el doble. De no diluir la vida en años de más y condensar en un momento las cosas destinadas a serlo. Siempre he pensado que tenemos un tiempo para hacer algo importante y que el resto de nuestras vidas sólo sirve para vivir con el fruto de esas decisiones, muriendo poco a poco con ellas.
Siempre he pensado que al final nunca hay final, y que los desenlaces solo lo son si sabemos que llegamos a la meta. La muerte ha de ser una de las sorpresas de la vida, nunca debería esperarnos pacientemente a que lleguemos nosotros a ella, sentada con los brazos extendidos al final de los últimos años.
Siempre he callado lo que tenia que decir, y he dicho cosas que debía callar. Y no lloro, y me inundo por dentro, y llego siempre a la misma conclusión: Una larga vida es una forma demasiado efímera de vivir para mi. Dadme la eternidad de lo fugaz, la brevedad del para siempre.
Dadme lo que soy en medio de nuestro propio caos, porque en un mundo paralelo la lluvia me ve caer, pero en la exigua realidad que nos pertenece son los océanos los que se ciernen sobre mi.

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