A las almas sin rostro envueltas en disfraces de humanidad, a las que nunca habéis sido capaces de ser sinceras ni ante vuestro reflejo, ¿Sabéis cual es vuestro problema? Que sois un laberinto y ni vosotras conocéis donde está la salida. Os perdisteis hace tiempo añadiendo sin cesar pasillos a los rincones de vuestra conciencia, para así no tener que enfrentaros a lo que os esperaba fuera. Y fuera, está la vida.
Y pienso en que espero no ser jamás así, en que yo quiero ser real, noble. Sincero. En que quiero ser como era mi padre, o, al menos, como era él antes de ser como yo le conocí. Antes de perderse en sus propios pasillos. Para, de ésta forma, no ser nunca más tanto como todos me dicen ser. Para no ser siempre mucho, pero siempre insuficiente.
Y me río al percatarme de cuantas veces he intentado ser ese suficiente para gente que conoce el precio, pero no el valor de vivir. Y me embarga la tranquilidad al haber llegado a entender quien importa y porque. Y en esa felicidad saludo a todos aquellos que os escondéis de la luz del sol sin saber que vuestro brillo rivaliza con el del astro rey. A todas las personas que sois magia pero no lo habéis descubierto jamás, en un mundo de gente-truco que no sabe ser porque en realidad no sabe quien es.
Y entiendo que si solo fuese un truco sería terrible, pero en realidad es aun peor, porque ya no se trata de ser incapaz de mantener una mascara demasiado tiempo, sino de que, a la larga, cuando uno la lleva puesta tanto acaba por olvidar quien es en realidad... Y cuan poco empieza a valer a ojos de los demás. Y no puedes salvar a esa gente de si misma, porque esa gente no quiere ser salvada, aún cuando nadie sostiene ya la obra que, ante los demás, intenta representar. Y me apena comprenderlo mientras ella es incapaz, porque yo no puedo imaginar nada mas doloroso que mirarse al espejo y no reconocerse a uno mismo, sin siquiera querer darse cuenta de ello.
Y comprendo que esa gente necesita crecer, y no me refiero a tachar en rojo un día en el calendario. Porque creces y los monstruos nocturnos dejan de esconderse bajo la cama, pero no se van. Se convierten en inseguridad, soledad arrepentimiento. Y tú eres mayor y mas sabio, pero sigues temiendo a la oscuridad. Olvidas que, a veinte centímetros de ti, tienes un interruptor. Tienes la luz.
Esta entrada no va ya por esas personas que ni son, ni dejan ser. Sino que está dedicada a todos los que están y hacen estar, mientras nosotros perdíamos de vista las estrellas por fijarnos continuamente en el polvo bajo nuestros pies:
Yo era cenizas.
Tú me tocaste.

No hay comentarios:
Publicar un comentario