¿Recuerdas ese rincón del universo que era solo nuestro? Donde nadie nos podía encontrar. Donde, cuando estábamos tu y yo, no existía nada más. Allí donde nos perdimos tantas veces. Allí donde solíamos gritar.
¿Recuerdas lo que nos dijimos mientras las gotas de las olas mojaban nuestras caras pero no borraban nuestras sonrisas jamas? Nunca olvidaremos este lugar. Nunca olvidaremos quienes fuimos aquí.
Una vez mamá nos pidió que no volviéramos mas, que era peligroso. Podéis resbalar, decía, y el mar os engullirá, y nunca os encontrarán. Nunca sabréis regresar. Cuantas veces soñamos con ser tragados por ese inmenso mar, que para nosotros siempre significó libertad. Sueños. Cuantas tardes desoímos sus angustiosas palabras y mentimos atraídos por el único sitio en la tierra que conocíamos y al que podíamos llegar a solas (con la ayuda de nuestras bicicletas y un poco mas de merienda de la habitual) que fusionaba el fin de todo con el inicio de cualquier cosa. Cuando la tierra a la que el mundo nos obligaba a pertenecer y cuyo final nunca podíamos ver demostraba tener un final y los océanos de los que hablaban todas las historias aguardaban frente a nosotros, pacientes, a que construyéramos nuestra balsa de intenciones y nos decidiéramos a surcar el ancho mar.
Lo único que temíamos en aquella época era suspender mas de tres y olvidarnos, algun día, de soñar. Y en los días que transcurrieron en aquel rompeolas jamás dejamos de hacerlo; de imaginar como de lejos de aquel lugar estaríamos en 10 años, porque por aquel entonces era inconcebible para nosotros vislumbrar algo mas allá de ese periodo de tiempo.
Lo único que temíamos en aquella época era suspender mas de tres y olvidarnos, algun día, de soñar. Y en los días que transcurrieron en aquel rompeolas jamás dejamos de hacerlo; de imaginar como de lejos de aquel lugar estaríamos en 10 años, porque por aquel entonces era inconcebible para nosotros vislumbrar algo mas allá de ese periodo de tiempo.
Hoy he vuelto a nuestro pequeño rincón del universo y, más de diez años después, me he dado cuenta de que sigo aquí, pero mi alma navegante, sin previo aviso pero desde hace tiempo, no ha vuelto conmigo. En parte cumplí los sueños de aquél niño despistado; en parte, incumplí los sueños que hizo en éste mismo lugar. Supongo que es la inevitable escala de grises en la que los adultos nos vemos obligados a movernos, a pertenecer. Creces y deja de ser todo blanco o negro, bien o mal. Y de repente nada es tan sencillo ni tan meridianamente imposible, simplemente deja de ser lógico hacerlo. Y, sin darnos cuenta, la lógica asesina nuestros sueños.
Me siento al borde de las mismas rocas y observo las mismas olas romper. Y, sin empeñarme en encontrarle un porque, pido prudencia para aceptar que no todos los días será viernes por la tarde y no todos los sueños se empeñarán en permanecer. Que no todos los blancos de nuestra niñez seguirán siendo claros ni los negros se esconderán eternamente en las sombras. Y, sobretodo, que da igual cuantos años pasen del recuerdo de ese instante, la magia del momento permanecerá para siempre, siempre -claro está- que la persigamos.
Mamá nos avisó: de tanto acudir a ver las olas romper, acabamos engullidos por el mar. Y ahora jamás sabremos regresar. Firme el timón en la tormenta de nuestras vidas, que aguarda una luz que nos pueda guiar.
Este caminar es por fe que hay que aprender, que es mas aventurado creer sin ver.
¿A que no sabes donde he vuelto hoy?
diez años antes de este ahora sin edad,
aún vive el monstruo y aún no hay paz.

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