lunes, 31 de julio de 2017

Cuarenta años atrás.


Claro que escondo secretos, ¿Y sabéis que? No me gusta nada que pueda romperse. Pienso lo mismo una y otra vez, antes de despedirme sabiendo que no quiero irme.

Pero, ¿Tengo que marcharme?... Es que, escuchadme, por favor, dejadme hablar. ¿Sabeis lo que nos enseñaban? Que no puedes esperar a otras personas, que no puedes esperar a ser lo que has sido llamado a ser. Ni tampoco puedes esconderte en una posible afirmación futura, o esperar esa aprobación que siempre ha de llegar. No puedes aguardar sin más al apoyo de los demás.

Que a veces tienes que correr, y mirar atrás para darte cuenta que todo el mundo que quiere correr, corre. Y que no puedes dejar de hacerlo únicamente porque nadie corra contigo. No puedes dejar de perseguir tu sueño solo porque nadie lo persiga a tu lado, ni dejar de creer en ti mismo solo porque alguien en tu vida no creerá en ti. No puedes dejar de seguir los sueños de tu vida por saber que probablemente cuando lo hagas, vas a tener que hacerlo solo.

Y, aún así, siempre hay un pero.

Y siempre que te vas echas la vista atrás de nuevo, buscando esa mirada, y te preguntas si ésta es la única forma ya de encontrarte en tu camino, y la indiferencia del momento te responde que si.

Yo no entiendo de idas sin billete de vuelta, ni de perderse en un jamás. Reivindico mi ruta recordando que no todo aquel que me mira puede verme, ni todo el que cree conocerme sabe quien soy. Sólo en éste tipo de noches las palabras se ahogan y la tinta reserva su mensaje para otro instante de paz. Y así clausuro ésta página con un último pensamiento: El martirio de nuestros sentimientos nos ha hecho mas fieles a lo que somos.

Y me pregunto una vez más cuanto puede llegar a pesar un recuerdo y cuanto lastre podemos queremos soportar, mientras tal vez otros aguarden, una vez más, otra noche bajo el fuego cruzado.

...y otros escribirán que se negaron a unir sus trincheras, y perdieron la guerra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario