Es comprobar si llevas las llaves cuando ya has cerrado la puerta. No pujar en la subasta de tu vida porque no todo lo que vale cuesta, ni cuesta todo lo que dice valer. La canción que no quieres descubrir porque sabes que al hacerlo no dejarás de oirla hasta aborrecerla, y dejará de ser especial. Y perderte en tu interior las suficientes veces para convertirte en extranjero en el mundo real.
Es hablar ante decenas sin pensar y ponerte nervioso ante una sola persona, si es especial. El olor de un café que no es tuyo y el instante previo al primer mordisco de aquel postre que decidió que quería ser más bonito, que bueno.
Es ilusión por todo y miedo a ilusionarse. Y el tono de despertador que te ponías cuando tenías quince años y que de repente vuelves a escuchar. Es aborrecer lo repetido y volver a repetir. Y pensar al final del día que qué bueno estar protegido del mundo, aunque solo os separe el grosor del edredón.
Es el día en que dejas de usar lapiz porque, de repente, ya te has vuelto mayor. Y describir lo indescriptible sin opción a usar goma de borrar.
Enseñarle tus secretos para que también sean los suyos y sentir que son mas importantes si os pertenecen a los dos y a nadie más. Y querer envejecer de repente ante el miedo a perder la juventud, en busca de la madurez que da entender que hasta el dia en que uno muere, cada instante se debe vivir como cuando se tiene toda la vida por delante y ningun año de los que lastran detrás.
Es querer querer, antes que ser querido. Y esperar a todo lo demás, sin saber que esperar.
Es el pasado por el que no todos tuvieron que pasar, y el futuro al que todos deberian aspirar. La igual desigualdad que nos enfrenta a una misma verdad: Que aunque no tengamos todo lo que merecemos, merecemos todo lo que conseguimos tener.
Del verbo ser y sin usar pronombres, para que entienda quien quiera comprender.

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